CUENTOS POR CALLEJAS

Hay base en la realidad y/o en la ficción en todo cuanto opino y/o narro.

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lunes, 30 de agosto de 2010

LAS MIL Y UNA CENAS




Llevaba muchos años de matrimonio. Supongo que demasiados.
 Empiezan a ser demasiados cuando los defectos de la pareja comienzan a ser insufribles. Al principio, las pequeñas faltas son cosas que consideramos superficiales y pensamos que, con el tiempo, serán  corregidas o, al menos, reemplazadas. Pensamos, ingenuamente, que nuestra personalidad se impondrá sobre la otra y que encauzaremos por los rectos caminos de la cultura, los buenos modales, el buen gusto y todo lo que hace a una persona encantadora y elegante. Sobre todo, si es una mujer.

Así que yo me creí un Pigmalión y que lo que yo tenía por facetas vulgares de mi guapa esposa serían corregidas por mis sabios consejos en el transcurso del tiempo.
Pero como decía mi abuela materna, los años no mejoran a las personas(y no se refería al aspecto físico, claro) sino que los defectos se incrementan y retuercen como los troncos de esos olivos viejísimos que parecen doblarse por el paso de los siglos.

La verdad, ya estaba harto de oírle decir estupideces, de su resistencia a leer buenos libros, de su afición al chismorreo con sus amigas y vecinas, de sus sonoros pedos cuando ella creía que yo no la oía, y de esos horribles cilindros en el pelo cuando se levantaba por las mañanas.

Bueno, no quiero enrollarme con estas disquisiciones y salirme del tema principal. El caso es que decidí eliminarla. Quiero decir asesinarla, cosa que algunos maridos por ahí desearían hacer pero no pueden. Porque matar no es difícil sino hacerlo de tal forma que no encuentren el cadáver y montarse una perfecta coartada. Yo llegué a elaborar un  plan que era intachable, infalible. No puedo decirlo, lo siento, pues entrar en esos detalles sería inmoral, por despertar en otros un oculto deseo que podría convertirse en irrefrenable.

Mi esposa era lista. Con esa intuición que las mujeres tienen más desarrollada que los hombres empezó a mirarme de reojo y a quedarse observándome con el ceño fruncido, cuando sentados frente al televisor soportaba uno de sus deplorables programas de marujas.

Pasaron un par de semanas. Elaborado mi genial proyecto, estaba dispuesto a llevarlo a cabo. La noche en que pensaba liquidarla salía de la cocina un extraño pero agradable olor, como el de esos restaurantes de lujo, donde los efluvios de las viandas impregnan el ambiente.

Yo veía la tele sentado en mi butaca favorita. Ella entró sigilosamente y , plantándose ante mí con sus manos atrás, me dijo:

"Tengo una sorpresa para ti, querido." Y pasando lentamente una mano hacia delante me mostró una pequeña bandeja sobre la que reposaban unos canelones humeantes y dorados.

"Pruébalos. Te gustarán. Celebrarás mis cursos de cocina."

No pude resistirme. Me senté a la mesa y degusté los canelones.
De postre, unas exquisitas fresas de Huelva y todo fue acompañado de un vino de la zona que yo desconocía.

"Mañana tendrás otra sorpresa que te gustará aún más". Aquello me dejó intrigado y decidí aplazar mi plan asesino. Soy proclive a los placeres gastronómicos y no quedé defraudado.

En días sucesivos, cada noche resultó sorprendente. Delicias de todas clases aparecían ante mí. Noche tras noche saboreé pescados fritos como se hacen en Andalucía, hermosos chuletones de Ávila, arroces valencianos, escudellas catalanas, merluzas y bacalaos vizcaínos, pescados de Galicia preparados de muy diversas formas. Luego, ella me dijo que cada región española tenía tan amplia variedad de platos que nunca llegaría nadie a conocerlos todos.

Pero yo decidí que sí sería capaz y me introduje en el campo de la fabada asturiana, los garbanzos manchegos, y un montón de cosas más. La casi infinita variedad de quesos españoles fue otro descubrimiento para mí.

A todo esto añádanse los vinos tan variados de otras partes. Desde los alegres y olorosos de Jerez y Montilla hasta los riquísimos tintos riojanos, pasando por otros muchos de cada región. Diría yo de cada provincia, ya que algunos caldos eran de poca cosecha y no tenían ni marca; sólo eran de consumo local.

Hablar de gastronomía española sería interminable. Por algo, los invasores franceses del ejército napoleónico robaban recetas. Entre otras cosas, claro.

Así pasaron mil y un días, mejor dicho, mil y una noches, y mis intenciones criminales se diluyeron entre platos, vinos y postres.

Engordé cincuenta kilos, el hígado empezó a resentirse y el colesterol subió como el cava catalán. En esas condiciones no sentía yo otro deseo que no fuese el de esperar a la noche siguiente, con la sonrisa de mi mujer, que me pareció un poco burlona. Aunque no me importaba.

"Muera Marta pero muera harta". Eso decía mi abuela con mucha razón.

lunes, 23 de agosto de 2010

LOS NAZIS EN ESPAÑA



Comenzaba el año 1943 y las cosas para el III Reich empezaban a complicarse. El Führer Adolf Hitler había llegado a la conclusión de que era imprescindible la colaboración de España para poder dominar desde la península el extremo sur de Europa y, especialmente, la entrada al Mediterráneo.
                                                                                                                                                              Hitler envió a su representante para entregar a Franco la petición formal para la entrada de tropas alemanas a España con la promesa de entregarle la plaza de Gibraltar una vez concluida la guerra. También prometía su colaboración para terminar con las guerrillas antifranquistas que se repartían en diversos lugares de la geografía española. Asimismo ofrecía para el gobierno de Franco los territorios del Magreb bajo dominio francés desde Túnez hasta Marruecos, este último totalmente.          
                                                                                                                                                                   El general Franco era renuente a este plan. Sin embargo, muchos militares eran partidarios de la entrada de España en la guerra a favor de Alemania, especialmente el cuñado del Generalísimo, Ramón Serrano Súñer.
                                                                                                                                                          Cuando el enviado del Führer se entrevistó con Franco le hizo saber lo conveniente que era ceder a las peticiones de Hitler, pues las divisiones alemanas estacionadas tras los Pirineos y preparadas para entrar en territorio español podrían penetrar de todos modos, ya que las fuerzas del ejército franquista eran débiles en armamento y su oposición sería inútil. Mejor colaborar por las buenas con el III Reich que verse abocado a una resistencia inútil en una España tan exhausta aún a causa de la guerra civil.  
                                                                                                                                                                 Así que en los últimos días de enero las tropas motorizadas alemanas atravesaron los Pirineos y rápidamente se desplazaron por toda la costa mediterránea y la del Cantábrico para defenderse de los ataques aliados en un país de tantos kilómetros costeros que lo hacían casi una isla.  
                                                                                                                                                                 En cuanto a Portugal sólo le pidieron el uso de los puertos y el dictador Oliveira Salazar, claramente pronazi, accedió a ello.        
                                                                                                                                                                     Pasaron varios meses. El ejército alemán había tomado las posiciones adecuadas y se preparaba concienzudamente para el asalto a Gibraltar. Por otra parte, tropas de montaña especializadas exterminaron prácticamente los núcleos guerrilleros que todavía quedaban en el país.  
                                                                                                                                                      Entretanto, las SS deambulaban por el territorio español examinando con precisión germánica la multitud de archivos y documentos antiguos que se iban encontrando en posesión de la Iglesia y los organismos civiles.


      Sin decir nada a nadie, las SS decidieron hacer una limpieza étnica en España, como ya habían hecho en los países ocupados de Europa. Había una considerable herencia judía en España. Calculaban que cerca del 30% de los españoles tenían sangre judía; tal vez el 25% , pero era igual. Una gran labor "civilizadora" se ofrecía ante las SS.              
                                                                                                                                                                              Pese a las protestas del gobierno español, comenzaron a hacerse detenciones. Las primeras fueron a miembros de la aristocracia. Los eruditos de las SS sabían que al menos el 80% de la nobleza hispánica estaba contaminada con sangre judía. En efecto, desde los albores de la Edad Moderna numerosas familias de judíos ricos se emparentaron por matrimonio con nobles españoles, que, siempre ávidos de dinero, accedieron al negocio. Después, y con el cruce con otros que anteriormente habían casado con judíos conversos y adinerados, la sangre judía se extendió considerablemente entre la aristocracia española. Esto fue un caso insólito en Europa, y los de las SS estaban dispuestos a terminar con ello.
                                                                                                                                                                  En un almacén agrícola de la provincia de Toledo fueron confinados cincuenta y tres miembros de la nobleza española. No estaban todos, desde luego, pero las SS confiaban en reunir un número mayor en semanas sucesivas.        
                                                                                                                                                                   El grupo detenido en Toledo no salía de su asombro. No comprendían que los alemanes los persiguiesen y detuvieran como pasó en el bando republicano durante la mal llamada guerra civil. Sabían que los nobles de Alemania habían sido respetados e incluso algunos ocupaban cargos en el III Reich. ¿Por qué ellos, los españoles, iban a ser discriminados sin más?          
                                                                                                                                                                   El coronel Konrad Zimmer, acompañado de dos oficiales, entró en la nave donde estaban los detenidos procedentes de varias familias españolas. Llevaban allí tres días y se acostaban sobre sacos vacíos, esperando que aquella situación absurda se resolviese rápidamente. Habían protestado vehementemente cuando los soldados de las SS los sacaron de sus casas , palacios, cortijos y cotos de caza. Pero no recibieron explicación de ningún género.    
                                                                                                                                                                   El Marqués de Litines era el más joven del grupo que allí se encontraba. Cuando vio entrar al coronel Zimmer se incorporó y se colocó en medio de la nave.  
                                                                                                                                                                     - Coronel, esto es intolerable. Nos han sacado a empujones de nuestros domicilios y llevamos tres días encarcelados aquí. Exijo  una inmediata explicación.  
                                                                                                                                                                  El coronel Zimmer se servía como intérprete de uno de los dos oficiales que entraron con él. El coronel, con las piernas abiertas y los brazos en jarra, dijo unas palabras al intérprete y éste repitió en voz muy alta:  

           -Herr Coronel dice que están ustedes detenidos por su condición de judíos.
                                                                                                                                                                 Un murmullo de asombro se levantó entre los detenidos. Alguno, hasta se atrevió a emitir una carcajada sarcástica.    
                                                                                                                                                                        - ¡Esto es ridículo!-gritó el Marqués de Litines. -No conozco a ningún judío entre mis amistades y doy mi palabra de honor de que no hay ninguno entre la aristocracia española. Esto es una confusión y un atropello.

   El coronel sonrió burlonamente y dijo:  
                                                                                                                                                                    - Tenemos razones para saber lo que ustedes son. No actuamos a ciegas, sino con base científica. Hemos abierto expediente a cada uno de ustedes basándonos en documentos auténticos.
                                                                                                                                                                     - Pues habrán comprobado que somos católicos desde siempre.                                                                  
                                                                                                                                                                    - No desde siempre-añadió el coronel.-Además, no nos interesa la cuestión religiosa. Lo que nos importa es limpiar de sangre judía este país. El pueblo español nos lo agradecerá, y el mundo también, cuando comprendan la grandeza de nuestra labor. En la época de la Inquisición se perseguía a los judíos por su religión. Nosotros lo hacemos por la raza.                                                                                                        
                                                                                                                                                                     - ¡Esto es falso!-gritó el marqués.-No he leído nunca que mi familia tuviese sangre judía. Los nobles tenemos limpieza de sangre.      
                                                                                                                                                                             - Dudo que usted haya leído nada.-respondió el coronel. Sabemos que la nobleza española ha sido analfabeta. Son ustedes más ignorantes que los braceros que trabajaban sus tierras. Pero le ampliaré mi información. Un escritor español del siglo xvii, Luis Vélez de Guevara, ya publicó una acusación del contubernio entre judíos ricos y la nobleza. Conversos o no, se introdujeron en su casta.      
                                                                                                                                                                     - ¡No somos analfabetos y nuestras cédulas de nobleza las conservamos desde tiempos antiguos!-gritó el Marqués de Litines.    
                                                                                                                                                                     - Seguramente sean analfabetos funcionales, que para el caso es lo mismo.

                                                                                                                                                                                        
- ¿Funcionales? ¿Qué es eso?- volvió a gritar el marqués.                                                                                                                                                                            
                                                                                                                                                                        - Da lo mismo y no voy a dar más explicaciones- concluyó el coronel Zimmer, dando media vuelta y saliendo del local.      
                                                                                                                                                                                    Los prisioneros quedaron aturdidos y discutiendo entre ellos, alegando cada uno la pureza de su estirpe y la injusticia que estaban sufriendo.    
                                                                                                                                                                  Al día siguiente se ordenó a los prisioneros que cavasen una larga zanja en un extremo del campo donde estaba el almacén agrícola. El trabajo era duro para aquellos hombres, no acostumbrados a semejantes labores. Alguno se atrevió a pedir que viniesen sus criados para hacer su trabajo, y los soldados de las SS respondieron con risas y burlándose de la torpeza de aquellos prisioneros que no eran capaces de manejar picos y palas.          
                                                                                                                                                          Veinticuatro horas después, cincuenta y tres cuerpos yacían en la fosa. Satisfecho, el Coronel Zimmer siguió su trabajo de búsqueda y captura. Un buen número de gitanos se añadió a la lista. Era más difícil con los ciudadanos corrientes, porque al no existir judíos practicantes de su religión, la investigación resultaba mucho más lenta para poderlos inculpar. Konrad Zimmer siguió con su trabajo lleno de entusiasmo en un país tan peculiar como España, donde los judíos se habían mimetizado durante siglos.    
                                               
 Terminada la guerra, el Coronel Zimmer huyó a la Argentina como tantos de sus colegas desde 1945.  
                                                                                                                                                  Curiosamente, allí encontró numerosos representantes de la nobleza española que habían escapado de las garras de las SS.  
                                                                                                                 
                           
 El Coronel pensó que los dioses le ofrecían la posibilidad de proseguir su trabajo en América.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

domingo, 1 de agosto de 2010

ECONOMÍA Y ESPERANZA




Ahora que ya no puedo trabajar me dedico al estimulante ejercicio de la reflexión. Esto de pensar proporciona momentos de lucidez y también de inquietud. Con lo bien que transcurría la vida con la rutina del trabajo, las emociones del fútbol y las diversiones del sexo... Lo del trabajo se ha puesto feo y a los españoles nos queda el opio del balompié que hubiese criticado Lenin por alienar este deporte a las masas.

martes, 13 de julio de 2010

OPULENCIA Y MISERIA


De amigos de la infancia suelen resultar amigos de juventud y, tal vez, amigos para toda la vida. Sobre todo cuando las diversiones juveniles nos hacen confraternizar con aquellos que se convierten en compañeros de aventuras, incluso aunque puedan convertirse en competidores por una chica que a varios de nosotros nos gusta.
 El caso es que Joseph Smith era uno de los compañeros de distracciones que tuve en mis años mozos, y que posteriormente siguió siéndolo, cuando disfrutábamos de cierta prosperidad que nos permitía algunas salidas y francachelas a las que podíamos acceder por nuestra relativamente buena situación económica.

El tal Joseph Smith era un inglés afincado en nuestra ciudad desde su niñez. Su padre había sido funcionario del Gobierno británico en India, y en 1947 cuando se declaró la independencia de ese país, regresó a Inglaterra con su esposa y dos hijos. Poco después vino a España y decidió quedarse como representante de una firma comercial británica. Así que Joseph pasó a llamarse Pepe entre sus compañeros de colegio y llegó a dominar el castellano a la perfección, aunque con un marcado acento andaluz que resultaba gracioso cuando, tras oírle hablar en un inglés con fino acento de Oxford, charlaba con nosotros de forma tan castiza que nadie le habría tomado por extranjero. Era un chico simpático y rumboso. Por aquí lo de rumboso equivalía a generoso, o sea, que gustaba de invitar a sus amigos cuando se presentaba la ocasión.

 En una de esas ocasiones nos invitó a cenar en un hotel de Sierra Nevada, la de aquí, claro, no la de Estados Unidos. Cuatro amigos le acompañábamos y viajamos en dos coches hasta el alojamiento donde tendría lugar la fiesta de su cumpleaños. Estábamos a comienzos de la primavera, mas aún nevaba en las montañas y el frío era considerable.

El restaurante de aquel hotel tenía unos amplios ventanales que permitían ver el paisaje nevado mientras caían los copos de nieve a pocos centímetros de nosotros, pues había elegido unas mesa pegada a una de las ventanas.

 -¡Qué agradable vista admiramos desde aquí!¿Verdad, chicos?-dijo Pepe.

-¡Oh!¡Sí! ¡Estupenda!-contestamos al unísono, contentos de estar a resguardo del frío mientras en el exterior oscurecía. Al cabo de un rato, ya sueltas las lenguas por el abundante vino y la excelente comida, la conversación se animaba y el ambiente entre nosotros era de lo más alegre.

 De pronto, uno de los comensales, Antonio, exclamó señalando hacia el ventanal.

- "Eh, mirad ahí. Un hombre nos observa".

 Volvimos nuestras cabezas y llenos de asombro vimos a un individuo con aspecto de mendigo, arrodillado en la nieve al tiempo que pegaba su nariz con las manos abiertas sobre el cristal helado. Pepe Smith abrió mucho los ojos y dijo levantando la copa:

 -Brindo por ti, buen hombre. Tu presencia me llena de placer.

 Y tomando un muslo de pollo en una mano y la copa de vino en la otra los elevó ante el visitante, quien abrió la boca como si el cristal no fuese una barrera infranqueable. Nos quedamos mudos sin saber qué decir. Para nuestro asombro apareció otro mendigo, más viejo y con el pelo cano. También por este nuevo "amigo" Pepe levantó la copa y el trozo de pollo para repetir el brindis.

 -¿Veis, compañeros? El placer de disfrutar estos instantes se ve incrementado por el contraste de observar a estos hombres hambrientos y temblorosos de frío. Bebamos y comamos, amigos míos. Los dioses nos hacen gozar de este privilegio.

 De pronto, todos nos pusimos a hablar al mismo tiempo. Uno de los comensales dijo que  si no sería mejor que los invitásemos a entrar, y compartiésemos nuestros manjares con aquellos dos desdichados hombres.

 -El hotel no permitirá que entren aquí-dijo Smith.

 -¡Pues llevémosles algo de comer, puñetas!-gritó otro. -No vamos a seguir aquí tan tranquilos mientras abren la boca detrás de la ventana.

 -Os equivocáis, queridos amigos. La exquisitez del espectáculo es precisamente esto: nuestro disfrute frente a la miseria que observamos.

 Unos nos pusimos a protestar y otro se quedó en silencio con la mirada perdida.

 Con semejante jaleo, se presentó el jefe de comedor y preguntó qué ocurría. Le explicamos lo de los mendigos y respondió:

 -Bien, señores. Pues yo no veo a nadie. Sólo nieve y oscuridad. Miramos y comprobamos que los hombres habían desaparecido.

 El maître añadió:

 -Bueno, señores...ejem... ejem. Me tomo la libertad de pedirles que moderen el consumo de alcohol. A veces, la euforia que produce puede hacernos ver cosas extrañas. Les sugiero servirles un buen café e indicarles dónde están sus habitaciones- concluyó.

 Tomamos el café y, ya más calmados, hablamos de lo ocurrido; casi pensamos que quizás habíamos sido víctimas de una alucinación.

 -No hay ninguna alucinación-dijo Pepe Smith-Yo contraté a esos dos mendigos y les entregué dos billetes de autobús para que volviesen esta noche a la ciudad. Por supuesto, también el trayecto hasta aquí corrió de mi cuenta.

 -Pero Pepe-respondí yo-¿No crees que fue cruel el trato que les propusiste?

 -No tanto, amigo. Ellos han cobrado según lo convenido, y no han sido engañados. Y nosotros hemos disfrutado.

 -¿Disfrutado? ¿Tú dices que hemos disfrutado? Viendo a esa pobre gente pasando hambre y frío...

 -Ya he dicho que les he pagado. Con lo que han cobrado podrán comer bien cuando lleguen a Granada. Naturalmente, han pasado hambre y frío durante su breve visita aquí. Pero era lo pactado. Yo les exigí que viniesen en ayunas y con poca ropa de abrigo. Así su malestar sería real, no comedia.

 -En cuanto a lo del goce que te mencioné antes, es algo que proviene de mi infancia. Nuestra casa en la India tenía un jardín que quedaba separado de la calle por una alta verja, a través de la cual yo miraba el mundo exterior, sentado sobre la hierba mientras me comía un enorme emparedado, un bocadillo como vosotros decís, y veía cómo un numeroso grupo de harapientos se aproximaba para pedirme algo. No olvidaré sus negros miradas con aquellos rostros morenos y los andrajos que vestían. Mi madre me decía que me comiese todo lo que ella me diera porque mucha gente no tenía qué llevarse a la boca. Viéndolo con mis propios ojos devoraba con fruición lo que mamá me proporcionaba.

 -Además, algunas veces arrojaba a través de la verja unas porciones de mi sandwich y observaba cómo los chiquillos se los disputaban entre gritos. Así comencé a sentir el extraño placer de verme como un ser superior ante aquellas personas que, por otra parte, no envidiaban nuestra confortable situación porque en su religión el "karma" dispone lo que cada uno merece en esta vida. De modo que probablemente en otra reencarnación podrían vivir en mejores condiciones.

 -Ésta es una excelente ideología¿sabes? Así se evitan graves conflictos sociales y los más pobres pueden ser explotados dentro de la ortodoxia de su religión. Gracias a ello, los británicos, discretamente, eran conscientes de su superioridad racial y cultural sobre los indios.

 Tras este discurso nos fuimos a dormir, y al día siguiente regresamos a la ciudad de la Alhambra. Nos quedamos con un extraño sabor de boca y no volvimos a reunirnos con Pepe Smith.

 Años después supe que Joseph había sufrido un accidente causado por la nieve y el hielo en una carretera secundaria mientras se desplazaba a Navarra. Unos campesinos lo hallaron días después, congelado en su coche. El forense descubrió que tenía el estómago vacío.

Había muerto por frío y por inanición.

Macabro humor el del "karma". Ya lo creo.


sábado, 3 de julio de 2010

REALIDADES


Me desperté en mitad de la noche sin saber qué extraña angustia estrangulaba mi sueño.
 A través de la ventana podían divisarse extrañas siluetas antropomorfas, que, sin embargo, me parecían muy familiares.

 Corrí hacia la puerta principal de la casa y me dispuse a salir, a huir más bien. Fuera, en medio de ninguna parte, el viento me llamó y me forzó a aproximarme a aquellas figuras que parecían tener vida propia. Emitían voces, era mi propia voz que lloraba, reía, gritaba palabras ininteligibles.

 Me acerqué a aquella concentración tanto como pude y me vi a mí mismo en distintos momentos de mi vida.

 Uno me habló del amor que fue del viento y nunca mío; otro me nombró el amor que me perteneció y que dejé marchar en los albores del invierno; otro quiso hablarme de todo lo que hice y que motivó mi arrepentimiento; otros aludieron a aquello que no hice y causó en mí mayor pesadumbre que lo anterior.

 Finalmente, todos me miraron con furia y compasión y me reprocharon: "Sigue soñando, sigue autocompadeciéndote, continúa luchando contra las fuerzas que yugulan tus más nobles anhelos. El mundo es como es, y no puedes variar el curso de los acontecimientos. Regresa a tu lecho y duerme, mas no olvides la tierra bajo la que tus huesos han de descansar."

 Les di la espalda bruscamente y aceleré el paso de regreso a mi hogar.
 No sabía yo si deshacerme en lágrimas o respirar serenamente el aire fresco de aquellos campos de vida y muerte.

 El caso es que, a ciegas, logré cruzar la entrada principal de mi hogar y acostarme pensativo sin excesivo agotamiento.
No podía ver nada, ni siquiera la imagen ficticia de mi cuerpo en un espejo de mi alma.

 Transcurrieron horas, días, semanas... estaba muerto en vida y yo lo sentía por los raros latidos de mi corazón.

 Una mañana cálida y luminosa desperté, o eso creí. Volví a asomarme por la ventana y sólo vi flores enormes, gigantescas, destellos solares estridentes y una nube entre clara y oscura que avanzaba desde el horizonte.
 Agaché la cabeza, bajé las persianas y corrí las cortinas. Percibí un calor insoportable, tristemente sucedido por una gelidez inquietante. Deseaba dormir para no despertar. Hablé conmigo mismo. Lo comprendí. Lo reconocí.

 Siempre fui quien fui y aunque cambié, nunca renuncié a ser la luz y la sombra de mi propio proyecto. Sé que me muevo y algo de mí permanece, algo nuevo brota y encuentro mi esencia a medida que recorro el camino.

 Todo es andar, nunca terminamos de aprender. Estamos inacabados pero sabemos que merece la pena tener identidad. Únicos, irrepetibles, iguales y diferentes,materia viva o inerte, átomos eternamente.

 Sigo arropado por mis sábanas, no quiero volver a escapar.
 Aquí estoy, esperanzado y frustrado, consciente de que soy, consciente de que pienso.
 Alguien me recordará cuando me haya ido, y si no, lo innegable es que habré pasado por algún mundo.

 La mente no es tangible, pero es real.
 Fabrica fantasías, las cuales, tarde o temprano, admiten lo que son: realidades.

 Sí. Realidades.

domingo, 13 de junio de 2010

FÚTBOL: GLORIA Y CASTIGO




Para aquel tipo el fútbol lo era todo. Bueno, casi todo.

 Había alcanzado un puesto importante en una empresa por su capacidad y dedicación, pero su vida "espiritual", su "religión" era el fútbol. Más concretamente su amado equipo local.

Tras varios años como seguidor, forofo empedernido, formó parte de la directiva del club cuyos colores amaba como un patriota ama los colores de su bandera. Lucía un anillo con el emblema del equipo e incluso llevaba alguna camiseta durante el verano con las barras como las del uniforme de los jugadores.

 Había logrado el puesto de gerente de la compañía donde prestaba sus servicios después de largos años de duro trabajo y afortunadas acciones que le proporcionaban unas ganancias considerables y un estatus social alto.

 No obstante, algo faltaba en su vida, algo que llenase su alma con un ideal noble en el que volcar sus esfuerzos. ¿Y qué ideal más sublime que luchar por su equipo de fútbol? Así pensaba aquel hombre, mejor dicho, soñaba con una gloria que en aquel momento parecía inalcanzable.

 Era la suya una pequeña ciudad con un también pequeño equipo de fútbol, pero todos los habitantes de la localidad aspiraban al ascenso que, siendo uno modesto de tercera división, alcanzó la segunda. La fuerza de sus jugadores, la buena dirección y el entusiasmo de la hinchada aspiraban con ardor a la primera división.

Mas había un inconveniente: la necesidad de fichar uno o varios jugadores de categoría para conseguir un equipo competitivo que escalase un puesto prominente. No había dinero para tan ambicioso proyecto. Nuestro hombre, miembro de la directiva, propuso un plan de fichajes que les daría la meta soñada. Cuando le preguntaron cómo conseguirían los fondos necesarios, él respondió que eso era cosa suya. Como sabían el importante puesto que ocupaba en su empresa, dieron por supuesto que pondría dinero de su bolsillo. Esta actitud le valió para que fuese nombrado con entusiasmo Presidente del Club X F.C.

 Efectivamente, el Presidente invirtió todos sus ahorros, fruto de largos años de trabajo, en el fichaje de un nuevo jugador. Pero no fue suficiente. Su nueva posición en el equipo le llenaba de orgullo y le inspiraba un gran sentido de responsabilidad. Pero, ¿cómo demostrar su grandeza si no podía pagar nuevos jugadores?
 ¿ Cuánto dinero se necesitaba? Él había gastado todo cuanto tenía, ¿cómo conseguir más?
 Durante muchos días el problema le arrebató el sueño. Pensaba en la cama acerca del asunto y éste le impedía concentrarse en su trabajo.

 Al fin, creyó haber encontrado la solución. Vendería parte de la mercancía que se almacenaba en su empresa y más tarde lo compensaría con los beneficios que esperaba lograse el club. Nadie se enteraría porque gozaba de poder absoluto en la compañía y no daría lugar a una inspección o una auditoría.

 Pasó el tiempo y el Club X F.C. consiguió los fichajes apetecidos, lo cual colocó en la órbita de los ganadores al equipo, a la ciudad, y, sobre todo, a nuestro Presidente.
 Éste rebosaba de satisfacción.

 Llegado el día triunfal, el Club X F.C. ganó el partido que le subiría a primera división. El clamor del público en el estadio era indescriptible. La masa de hinchas se llegó hasta el palco presidencial y tomando al Presidente en hombros lo paseó por el césped del campo una y otra vez, mientras los gritos de la muchedumbre se mezclaban con la música de los altavoces. El Presidente creyó vivir en un sueño de gloria, una gloria inenarrable que premiaba sus esfuerzos.

 Amainado el jolgorio popular, la directiva propuso celebrar el evento en un restaurante de la localidad. Fueron saliendo del estadio y, ya en la calle, alguien llamó al Presidente. Ésta se acercó a quien le requería y comunicó a sus compañeros que le esperasen en el local donde tendría lugar la fiesta, que iría después.

 No llegó al restaurante ni nunca volvió a ver a sus amigos. El que lo esperaba en la salida era un inspector de policía acompañado por dos agentes, que le mostró una orden de detención por desfalco en la empresa en la que trabajaba. Fue juzgado y condenado a varios años de cárcel.

 Nadie acudió a visitarlo durante ese tiempo, excepto su hijo--que le mostró su desprecio--y su mujer, quien poco después se separó de él, refugiándose en una finca rústica propiedad de sus hermanos. Sus antiguos amigos le dieron la espalda; unos lo consideraban un bribón y otros lo tomaban por un imbécil.

 Cuando salió de prisión, vagabundeó por los barrios bajos de Madrid, adonde se había trasladado y donde nadie lo conocía. Allí vivió de las limosnas que podía en las puertas del metro y de la comida que alguna institución benéfica le daba de vez en cuando.

 Una mañana fría de otoño alguien vio un cadáver mutilado en las vías del tren, a la salida de la estación de Atocha. La policía halló en las ropas del muerto su documentación y fue enterrado en una fosa común.

 Nadie reclamó su cuerpo.

sábado, 17 de abril de 2010

CUBA(y II)



Después de lo dicho anteriormente debo manifestar que no soy socialista ni comunista ni nada por el estilo.

 Solamente soy un católico que busca la verdad y la justicia. Algunas veces sucede que en su búsqueda te encuentras esas virtudes donde menos lo esperas, pero lo correcto es reconocerlas y respetar a quienes las ejercen sin menoscabo de que surja la crítica cuando sea necesario.

 Las acusaciones de que no se han respetado los derechos humanos en Cuba habría que examinarlas con lupa. Estos supuestos disidentes políticos fueron juzgados públicamente y la documentación está disponible para aquellos que deseen estudiar cada caso. No soy tan ingenuo como para no creer que desde 1959 no se haya cometido alguna injusticia, pero que nadie tire la primera piedra, pues el Gorila del Norte nos ha dado muestras en más de una ocasión de barbaridades estremecedoras.
 Bastantes ciudadanos estadounidenses han acusado a sus propios gobiernos y me remito, por ejemplo, a uno de los documentales del cineasta Michael Moore.

 Por otra parte, España debería mirar a Cuba como a alguien de la familia, entrañable familiar al que nunca debemos olvidar, pues la población cubana se nutrió de numerosos migrantes españoles que durante el siglo xx encontraron en aquella isla la tierra prometida que anhelaban.

 No nos pongamos en el pelotón de los que tiran piedras a Cuba. Yo no apedrearía a mi hijo o a mi hermano por malos que fuesen. Mejor una política de mano tendida que ese telón de acero que paradójicamente se ha puesto alrededor de la isla, cerrándole la posibilidad de un desarrollo económico al que tiene derecho.

¿Acaso los EEUU negaron la venta de trigo a la URSS cuando esta última sufrió un año de pésima cosecha?

 Reino Unido es un país cuyos políticos han mostrado siempre un cuidado exquisito con las naciones que formaron su Imperio y que ahora se llaman de la Commonwealth.
 Por cierto, fue Simón Bolívar quien les dio la idea cuando propuso la creación de una comunidad de naciones de cultura hispánica encabezadas por España. El Libertador de América tenía una aguda visión política.

 España, como de costumbre, se encogió de hombros.