CUENTOS POR CALLEJAS

Hay base en la realidad y/o en la ficción en todo cuanto opino y/o narro.

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domingo, 24 de enero de 2016

EL BANQUETE



Una fría tarde de diciembre llegué a un lejano pueblo de la provincia de Jaén, donde tenía que hacer un trámite en una fábrica o un molino de aceite.

El conductor del camión en el que hice el viaje y yo nos resguardamos en el interior del molino, donde se disfrutaba de un agradable calor.

Pasaron las horas y se hizo la noche. Sentíamos las punzadas del hambre y apareció el capataz con una enorme hogaza de pan. La troceamos y bajo un chorro de dorado aceite que salía del molino nos comimos la mayor parte. Aquello estaba delicioso y charlábamos de la buena panadería del pueblo, así como de la calidad del aceite local.

Fuera arreciaba el frío y veíamos la escarcha por el ventanal. Estábamos bien allí y no tenía yo prisa por acabar mi trabajo, que consistía en realizar análisis del producto.

Entonces, dijo el capataz que ya era hora de culminar la cena, y vino con una sartén que tenía un larguísimo mango, como de metro y medio. Era para poderla meter en el horno. Abrió una cesta y sacó media docena de huevos de esos que llamamos camperos, porque son de gallinas "libres", o sea, de las que no viven enjauladas, con su correspondiente y abundante chorro de oliva. Echó tales huevos en la sartén y en un instante quedaron fritos.

Colocó el recipiente sobre una vieja mesa de madera y allí, de pie, nos los comimos sin más cubiertos que trozos de pan como tenedores. Luego, sacó una bota de vino y bebimos alegremente con el suave ruido de fondo de las máquinas.

Lamenté no llevar una máquina de fotos. Aquella mesa, con la enorme sartén mostrándonos aquellos huevos como el oro, los trozos de pan y la bota de vino componían un precioso bodegón digno de un pintor de categoría.

Pero lo que siempre recordaré la exquisitez de aquellas viandas de humilde apariencia, pero tan nutritivas y de tan excelente sabor. Muchas veces lo más sencillo encierra lo más bueno y refinado, como he comprobado entre campesinos, pastores y pescadores de esta entrañable tierra nuestra.

martes, 11 de agosto de 2015

EL ENCUENTRO



Aquella agencia se llamaba "RENDEZ-VOUS EXPRESS", y facilitaba en 24 horas la posibilidad de relacionarse entre personas de distinto sexo.

Así que, ni corto ni perezoso, Fede decidió acudir a la mencionada agencia con objeto de encontrar su nueva media naranja, tras cuatro años de aburrido divorcio.

"RENDEZ-VOUS" pedía a cada solicitante una breve y concisa relación de sus cualidades, así como que la cita tuviese lugar en determinada cafetería, para que no hubiese riesgo de abusos o escándalos.

Fede se describió así: "Hombre maduro, discretamente atractivo, aficionado al arte, deporte, de buenas costumbres y afectuoso."

La mujer que acudiría a su petición se consideraba "atractiva, muy femenina, amiga del deporte y las bellas artes, y de buen corazón."

Llegada la hora, ambos se encontraron. Paralizados por el asombro vieron que eran el antiguo matrimonio, ahora disuelto.

Las risas llenaron la cafetería... Y el amor resucitó.

lunes, 5 de mayo de 2014

RESCATE DESDE EL CONVENTO



Juan y su novia Juanita se devanaban los sesos pensando cómo sacar del convento de monjas al grupo de judíos que habían podido refugiarse allí.

A Juan le sorprendía que su novia preguntase siempre por los sefardíes cuando dieron con aquel puñado de judíos.

-- Dime, Juanita, ¿qué son esos "sefartitas" por los que te interesas y por qué?

-- No se dice "sefartitas" sino "sefardíes". Son los descendientes de los judíos que vivían en España y fueron expulsados en 1492-- respondió ella.

-- ¿Por qué los echaron?-- inquirió Juan.

-- Por fanatismo religioso-- contestó Juanita. Eso que tanto daño ha hecho a través de los siglos. Aquellos judíos llevaban muchas centurias viviendo en la Península Ibérica y se consideraban a sí mismos tan españoles como los demás. Fíjate cómo será que aún hablan la lengua castellana y ¡fíjate! algunos conservan las viejas llaves de sus casas cuando fueron expulsados.

-- ¡Caramba, chica! ¡Pues sí que sabes tú! Eres una "ciclopetra".

-- "Enciclopedia", Juan. Y ahora tenemos que pensar qué hacer para poner a salvo a esa pobre gente.

-- Pues yo  digo, Juanita, que ya que están en un convento podrían salir vestidas de monjas.

-- Es buena idea para las mujeres, pero ¿qué hacemos con los hombres y los niños? preguntó Juanita.

-- Ya puestos a eso se me ocurre que los hombres pasasen por curas y los niños por escolares. A los controles de carretera se les diría que van de excursión por cosas de cultura y de religión.

-- No te falta imaginación-- añadió ella. Las monjas, seguramente, tengan hábitos de repuesto y las sotanas para los curas son fáciles de confeccionar. Hablaré hoy mismo con la Superiora.

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El autobús era de mediano tamaño, pero suficiente para las 21 personas que tenía que transportar. Juan sería el conductor y Juanita haría de guía.

Aquella mañana salieron temprano. Mujeres vestidas de monjas, unos cuantos hombres con sotana y los niños con vestimenta escolar.

Al llegar a la carretera principal un grupo de soldados de las SS les dieron el alto. Un oficial de aspecto elegante subió al autobús.

-- ¿A dónde se dirigen ustedes? Documentación.

-- Nos dirigimos a Avignon, sede de los antiguos Papas franceses-- respondió Juanita mientras le tendía un pase hábilmente falsificado.

El oficial le echó un rápido vistazo, así como al de Juan, y no pidió el de los supuestos religiosos.

Se dirigió a Juanita con una sonrisa:

-- Me gustaría verte cuando vuelvas, muchacha. Tal vez podamos cenar juntos algún día.

-- Por supuesto-- respondió Juanita sonriendo.

El de las SS se apeó y, con un suspiro de alivio, Juan arrancó el autobús.

Aquel viaje tuvo un final feliz en la frontera española.

lunes, 21 de abril de 2014

JUANITA



Ya les conté en anterior ocasión la acción de Juan Ruiz para poner a salvo a una familia judía en la Francia ocupada.

Como dijimos, nuestro protagonista tenía una novia, también miembro de la Resistencia, llamada Juanita.

Era una muchacha de rasgos hermosos y poseía conocimientos. A pesar de su origen humilde había estudiado la carrera de Magisterio, y había ejercido durante un breve tiempo, hasta que el Ejército nacional entró en el pueblo donde residía. Sabida es la hostilidad del régimen sublevado contra los maestros de escuela, a los que acusaba de divulgar entre los niños las "erróneas" ideas de la República.

Juanita pudo atravesar la frontera francesa y encontrar refugio. Allí conoció a Juan y éste quedó prendado pronto de ella. Él era un joven inteligente, pero falto de cultura, y admiraba y aceptaba los consejos de ella, quien, además, hablaba francés perfectamente, por lo cual pasaba por ciudadana del país.

Esto le permitía moverse con soltura tanto en zonas urbanas como rurales, y así conectar con sus compañeros de la Resistencia y proporcionarles información.

Tuvo noticias de una redada que se preparaba por la Gestapo para capturar a un grupo de judíos en la pequeña sinagoga de la ciudad. No muy lejos había un convento de monjas, con cuya madre superiora mantenía amistad nuestra Juanita.

Esto le dio pie para pedir a la religiosa que ocultase durante un tiempo a los judíos que pudiese, hasta que fuera posible ponerlos a salvo fuera de Francia.

Así se hizo, y los buitres de la Gestapo con sus colaboradores franceses encontraron que sus presas habían volado.

Lo que sucedió después y cómo pudieron Juanita y su novio terminar la liberación de aquella gente lo veremos en un próximo relato.

sábado, 19 de octubre de 2013

COMO UN SCHINDLER A LA ESPAÑOLA EN FRANCIA


Jean Pierre Cerdeau era en aquel año de 1942, como muchos de sus compatriotas, un entusiasta colaborador de los nazis alemanes que habían ocupado su país. Se les llamaba colaboracionistas por los escasos franceses que se consideraban enemigos de aquel régimen inhumano aceptado por tanta gente.

En la pequeña ciudad del Midi-Pyrénées donde residía nuestro hombre como modesto funcionario del Ayuntamiento se había establecido una oficina de la Gestapo con la intención de "limpiar" de judíos aquella zona.

Jean Pierre se apresuró a conectar con el jefe nazi comandante Erich Hamstel. No dudó en ofrecerle sus servicios con la pretensión de alcanzar cierta relevancia ante sus nuevos amos.

El comandante le prometió una recompensa si lograba ponerle en sus manos los judíos que él conocía en su localidad.

No muy lejosde su domicilio sabía de una familia judía de origen sefardí, cuyo cabeza de familia se llamaba David Peres. Vivían en las afueras regentando un negocio de suministros agrícolas y no frecuentaban apenas la ciudad. "Serán una presa fácil", pensó Jean Pierre.

Se dirigió en su bicicleta a la casa de los sefardíes, pensando que a lo mejor un día le concederían un coche oficial.

Había pensado comprobar el número de miembros para dar una información más completa al comandante Hamstel.

Con la excusa de preguntar el precio de algunos artículos habló con David y supo de cuántas personas vivían allí. Cuando salió se dio de bruces con un extraño individuo que hablaba con acento español. Intercambiaron algunas palabras de disculpa por el encontronazo y el hombre le dijo ingenuamente:

-- Me llamo Juan Ruiz y vengo para saber cómo les va a los Peres. Tal como están las cosas no estoy tranquilo por su seguridad.

-- Sí, la Gestapo no tardará en saber dónde viven -- dijo Jean Pierre con una media sonrisa.

Juan se quedó pensativo y decidió que había actuar con rapidez. Afortunadamente, nadie sabía que él era un miembro de la Resistencia que, como en toda Francia, la componía en su mayor parte por exiliados españoles que iniciaron y mantenían la oposición armada contra los alemanes.

Después de hablar con el matrimonio Peres y sus dos hijos desapareció hacia un bosque cercano.

Jean Pierre se fue a hablar con el comandante de la Gestapo, ufano por darle una información importante.

Al día siguiente por la mañana se dirigió con un pelotón de soldados hacia la casa de los Peres. Allí la encontró vacía. Era evidente que habían huido.

Esto enfureció al comandante, quien ordenó que quemasen la vivienda y se dirigió hacia el bosque con la idea de dar con el grupo de resistentes del que formaba parte Juan Ruiz.

Una lluvia de balas dio la bienvenida a los tipos de la Gestapo. Viendo la perspectiva, Erich decidió retirarse y desde su cuartel organizar una batida por el bosque y los campos vecinos.

Pero la rápida actuación de Juan Ruiz puso a salvo a la familia Peres, la cual, a través de una intrincada red de comunicaciones, fue puesta a salvo en la frontera española. Desde allí viajaron hasta Argentina, donde otros exiliados judíos habían hallado acogida.

La actuación de Juan Ruiz con sus compañeros no fue la única.

En otra ocasión les hablaré de otras hazañas y de la valiente novia de Ruiz, Juanita, cuyas acciones ocasionaron la furia de la Gestapo y de los colaboracionistas franceses.

sábado, 24 de agosto de 2013

RECUERDOS DE JUVENTUD



En la época de mi infancia, la formación religiosa que recibíamos (obligatoria) era severa. En realidad, a muchos nos amargó la vida. Éramos muy, muy pecadores y candidatos al fuego eterno, se nos decía.

Sobre todo, proclives a caer en las tentaciones de la carne. El sexto mandamiento nos observaba con ceño fruncido, porque no obedecerlo era el peor de los pecados, origen de un sinfín de otras maldades.

Con esta mentalidad entré en mi juventud dándome los inevitables tropezones que el diablo ponía en mi camino, y juzgando con ingenuidad el comportamiento de los demás.

Conocía a mucha gente. Amigos y amigas me mostraban la juventud de aquella época.

Mari Carmen fue una de ellas. De profesión científica, recalcaba su ateísmo. Era un ateísmo entusiasta, por así decirlo, pues había pedido y obtenido un certificado de apostasía de la Iglesia Católica.

Yo no pensaba que eso fuese necesario. Se cree o no se cree, pero un documento que diga lo descreído que eres me parece demasiado. Pero, bueno, cada cual que haga lo que quiera, siempre que no fastidie a los demás.

Volviendo al tema que nos ocupa, vi que Mari Carmen era absolutamente liberal en materia sexual. Decía que la sexualidad era un regalo de la naturaleza, y que teníamos derecho a disfrutarlo sin restricciones.

Me llamó la atención lo de esta chica, pero no fue un caso único.

Permítanme hablarles ahora de Clavel. No era su nombre, desde luego, mas así no se crean indicios.

Aquella mujer de figura elegante y rostro que hubiese encantado a un pintor renacentista era de trato amistoso y cordial.

Me fue contando su vida desde la adolescencia, y me dijo que con 18 años sufrió una enfermedad de transmisión sexual; y me lo narró con tal lujo de detalles que, por escabrosos, prefiero no mencionarlos aquí.

Siguió su largo historial amoroso con cantidad considerable de amantes, entre los que se encontraba algún hombre casado, y a punto estuvo de hacer sucumbir al párroco de su barrio.

No me lo decía como una lista de aventuras que hiciese que se sintiera orgullosa. Al contrario, se sentía desgraciada por no encontrar el amor definitivo. Pero para ella no había amor sin sexo. Por cierto, tenía la costumbre de contar a sus posibles pretendientes todos los pormenores de sus anteriores relaciones, con lo cual ponía en fuga a todo aquel que se interesase por ella. Después, claro está, de las consabidas relaciones sexuales.

Sin embargo, descubrí algo que me dejó pasmado: era profundamente religiosa. Se podría objetar que era hipócrita, pero no lo era, según lo que pude comprobar.

Hablaba de temas religiosos con total desenvoltura, y ella me decía que la religión católica permitía el placer, cosa que otras creencias no consentirían (?).

Todas las noches leía algún capítulo de la Biblia y me recomendaba que, para sentirse bien, no había nada mejor que ir a misa y comulgar.

Así era su mentalidad e incapaz de distinguir entre lo que era correcto o no. Por eso juzgué que era inocente.

Lástima que yo no contribuyese a su felicidad. Me limité a observarla con curiosidad, como un biólogo lo hace con un ser vivo de suma rareza.

Han pasado varios años y no he vuelto a saber de ella. ¿Habrá encontrado el afecto que necesitaba?

Deseo de corazón que así haya sido.


miércoles, 5 de diciembre de 2012

FÉLIX



Mi amigo Félix se ganaba bien la vida. Era activo, dinámico y conocía bien el mundo mercantil en el que se desenvolvía.

Yo lo admiraba, pero tenía la intuición de que era un poco ingenuo. Parecía contradictorio que, ejerciendo con éxito su profesión, pudiese en otros aspectos resultar inocentón en cosas como la vida amorosa.

Era él un solterón de cuarenta y pico años que soñaba con su amor ideal, con una mujer que satisficiese sus románticas aspiraciones y llenase de felicidad su vida.

Me habló de ella. Vivía lejos, en el pueblo de su procedencia, lo cual le proporcionaba cierta dificultad a la hora de visitarla. Así que eso aumentaba aún más su anhelo por verla.

Ella era mucho más joven que Félix, y, por la fotografía que él me mostró, aparecía como una chica bastante bonita. Si a eso se le añadían las muchas virtudes que, según él, la adornaban, resultaba algo idílico para un hombre.

Así tuvo que parecerlo para más de uno de sus paisanos, pues una mañana Félix me abordó, tomándome de los brazos, y me dijo:

- ¡Se lo advertí, mira que se lo avisé! ¡Ese muchacho no te conviene, no es lo apropiado para ti! ¿Cómo ha podido hacer semejante tontería?

Luego, más tranquilo, me explicó que su pretendido amor se había enamorado de un chico vecino de ella, que tuvo la oportunidad de cortejarla sin el obstáculo de los muchos kilómetros que la separaban de Félix.

Bueno, pensé, estas cosas pasan. La distancia apaga el amor, como dice una canción, o algo así.

Pero Félix era de noble corazón. No le oí ninguna palabra de reproche hacia su chica perdida.

Pasaron unas semanas, un par de meses, y Félix parecía más animado. Había encontrado por Internet a una muchacha que despertó su interés. Me hablaba de ella y, nuevamente, había ilusión y algo de alegría en su corazón.

Pasaban los días y, de vez en cuando, me hablaba de ella y de su proyecto de hacer un viaje para conocerla.

Realmente me alegraba por verlo así. Era de esa clase de personas por las que se siente simpatía y deseo de verlas dichosas.

Pero iban transcurriendo los días y ya no me hablaba de su relación . Decidí preguntarle el porqué.

Su rostro era serio, y su mirada, triste. Le inquirí:

- ¿Qué hay de esa chica de Internet, Félix? ¿No ibas a verla?

- No- me respondió-, no iré a verla. Nunca lo haré.

- Pero ¿no me dijiste que harías el viaje para conocerla personalmente?

- Cuando le dije que iría allí me dijo: "Cobro mil pesetas por hora".

Después de aquello no volví a ver a Félix.

Se recluyó en una soledad infranqueable, mas espero que la vida le haya ofrecido algo de la felicidad que merece.

viernes, 20 de enero de 2012

EL ELECTRICISTA




Se me estropeó la luz de la cocina. Como está en un patio interior, la luz solar no es muy abundante; y ahora, en invierno, se nota su falta en horas tempranas.

Total, que me fui a buscar a alguien que me lo pudiese arreglar. Mi amigo el de la ferretería me facilitó el teléfono de un electricista y le llamé para el trabajo que necesitaba.

Se llamaba Gonzalo. Mientras estaba subido en la escalera haciendo la reparación le pregunté cómo le iban las cosas, habida cuenta de la mala situación en que se encuentran la economía y el trabajo en España.

-- Voy tirando con los pequeños trabajos que me van saliendo. Trabajo por mi cuenta, y hago reparaciones de carpintería, fontanería, pintura y motores de automóvil-- me explicó.

-- Caramba, pues sí que eres polifacético. Tienes unas manos habilidosas.

-- Espero que siga siendo así hasta que pueda terminar mi carrera.

-- ¿Tu carrera? ¿Qué estás estudiando?

-- Me falta un examen para conseguir mi título de pianista. La última prueba la suspendí, pero ahora espero aprobar.

Me quedé de una pieza. Aquel modesto trabajador estaba preparándose en el difícil arte del piano tras largos años de estudio, y se costeaba con su habilidad para diversas clases de trabajos manuales.

-- ¿Qué te pidieron en el examen?

-- Toqué varias obras de Mozart, Chopin, Albéniz, Prokofiev,... Estuve una hora ante el tribunal del conservatorio.

He de confesar que me conmoví con lo que aquel joven me decía. Es un ejemplo de un sector de la juventud trabajadora, responsable y con hermosas ilusiones. En contraste con aquella otra parte de gamberros y viciosos.

He tenido la oportunidad de conocer a mucha gente de edad no avanzada, y estoy seguro de que la razón superará a la maldad en la sociedad nuestra.

Es una constante histórica.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

EN UN LUGAR DE LA INDIA





Ella despertó nada más amanecer. Había dormido junto a un riachuelo de aguas limpias, en compañía de algunos mendigos que también despertaron. Tomó un baño en aquel arroyo y se dirigió hacia el pueblo, el cual era ahora su lugar habitual.

Con paso tranquilo enfiló la calle donde se encontraban los puestos de venta de frutas y verduras. Como era temprano, había poco público comprando, por lo que podía elegir las frutas que quisiera. Los tenderos la saludaban cariñosamente, y amablemente le ofrecían sus productos. Al propio tiempo, un grupo de niños mendigos merodeaban entre los puestos, mas los vendedores los ahuyentaban con ramas y varas.

Después de un largo paseo por el mercado se acercó a una fuente para beber. Estaban allí con sus cántaros un grupo de mujeres parias, e inmediatamente se apartaron para darle preferencia. No se acercaron a la fuente para satisfacer su sed. Sin dilación, ellas se apartaron para darle preferencia. No se aproximaron a la fuente hasta que ella se alejó lo bastante para que aquellos "seres inferiores" no la pudiesen "manchar" con su sombra. En el sistema de castas de India los sadhus constituyen lo más bajo de la especie humana y no tienen derecho ni a proyectar su silueta sobre los demás.

Ella sí podía acercarse a todo el mundo, fuera su casta cual fuera. Todos tenían alguna palabra cariñosa, y aun algunos le acariciaban la cabeza en señal de afecto.

Pasó frente a la entrada del templo de Visnú; un hombre alto con barba, vestido de blanco, se interpuso en su camino. Con una reverencia colgó de su cuello una rueda de flores. Juntó las manos y le ofreció de nuevo una muestra de veneración.

Siguió ella su paseo y, súbitamente, comenzó a llover. Se venía encima la estación monzónica. Aquella lluvia, aunque breve, anunciaba la inminencia de la temporada. Una desvencijada parada de autobús le servió de refugio. Un puñado de hombres que, asimismo, allí se habían cobijado, le hicieron sitio. Y eso que algunos de ellos hubieron de quedarse a la intemperie.

Terminado el chaparrón, prosiguió su recorrido. A los pocos minutos oyó tras de sí una estruendosa bocina, y detúvose un camión de un frenazo. Se volvió ella lentamente; se quedó mirando hacia el vehículo, con dulce y tranquila mirada. El conductor descendió con gesto resignado y le dirigió unas amistosas palabras mientras la empujaba suavemente para apartarla de la carretera.

Anochecía, y regresó a la ribera donde había pasado la noche. Se tumbó encima de la hierba fresca. Se acordó de la vez en que, cuando vivía en el campo, un tigre acechaba entre los juncos de un curso de agua.

Decididamente, aquel pueblo era un buen sitio en que habitar.

-- Oiga. No nos ha dicho el nombre de la protagonista ni a qué casta pertenecía.

-- No conozco su nombre y no pertenecía a casta alguna: era una vaca.



jueves, 1 de diciembre de 2011

PAQUITO Y SUS COMPAÑEROS




Paquito era un comunista fiel que dio varias veces con sus huesos en la cárcel. En aquellos años (época franquista) ser comunista era sinónimo de delincuente, de marginado. Para eso estaba el T.O.P. (Tribunal de Orden Público), eufemismo empleado con el fin de dar carácter legal a la persecución de individuos políticamente incómodos, ya que la legislación ordinaria no contemplaba como delito la pertenencia a partidos políticos de izquierdas.

Tras diversas estancias en las cárceles del Estado, Paquito aprendió un oficio, y con cuatro compañeros estableció una pequeña cooperativa laboral que realizaba trabajos especializados en la construcción de viviendas.

Eran Paquito y sus camaradas jóvenes, hábiles y concienzudos. El sistema cooperativo es reconocido y amparado en casi todos los países del mundo como forma empresarial social con ventajas fiscales y crediticias. De este modo iba transcurriendo la vida de estos entusiastas trabajadores, pese a algunos altibajos que se resolvían por la actuación de nuestro protagonista. En efecto, él era un hábil negociador y lograba no sólo resolver problemas, sino además buenos contratos, que se materializaban en rendimientos para la cooperativa.

Pero llegó un momento en que el demonio de la codicia tentó a Paquito. Se dio cuenta de que si dispusiera de empleados a sueldo, los beneficios serían para él mucho mayores que si continuara repartiéndolos con sus socios. O sea, que convirtiéndose en empresario individual podría enriquecerse.

Así que tomó esa decisión y se lo comunicó a sus compañeros. Éstos se vieron traicionados, y sufrieron con amargura el abandono de su presidente, al cual habían considerado un amigo leal. Les pareció inconcebible que aquellos ideales de fraternidad y colaboración se fuesen a pique tan fácilmente.

Paquito inició su negocio y le fue bien. Pero en 1993 comenzó una crisis que habría de hundir numerosas empresas en España, y este personaje vio cómo se desmoronaban sus proyectos. Dejó de obtener contratos; y solamente podía acceder a aquellos que eran ofrecidos por los organismos del Estado.

Para estos trabajos estatales las cooperativas tienen por ley preferencia, siempre que no superen los precios de las sociedades mercantiles. Por esa causa los antiguos compañeros de Paquito consiguieron sobrevivir, mientras que su ex socio devenido capitalista se fue hundiendo hasta desaparecer por completo.

Aseguran que Paquito deambulaba por aquellos lugares donde se efectuaban obras, mas nadie lo contrató.

Pasó a ser uno más de los numerosos parados del Estado español.

domingo, 13 de noviembre de 2011

MARÍA DE MÉXICO (FINAL)




Las visitas de ambos militares no coincidían. El teniente Cervantes acudía por las mañanas y el capitán francés por las tardes.

La última vez que fue el capitán Couchon era ya casi de noche. Había bebido más de la cuenta y se acercó a María con aire agresivo, haciéndole proposiciones que para cualquiera serían deshonestas. María lo rechazó con enfado.

-- Oye, María ¿es que te doy miedo?- inquirió el francés.

-- No me das miedo ¡Me das asco!

La reacción fue violenta. Con el rostro enrojecido de ira, y con los ojos desorbitados agarró a María por el cuello.

De pronto, una docena de pacientes de aquella sala se levantaron de sus jergones, abalanzándose para defender a la muchacha; algunos golpeaban al capitán con sus muletas, y otros con los puños.

La intervención de las monjas impidió que Couchon fuese muerto allí. El francés salió a la calle, y las religiosas le pidieron que mejor sería que no volviese más.

El teniente Cervantes supo lo sucedido en su visita de la tarde. María y la Superiora se esforzaron en contener al joven teniente, que sable en mano quería ir en busca del militar galo.

-- Miguel, por Dios, no intentes nada contra el capitán- le suplicó María-. Piensa en las represalias que tomarían contra gente inocente. Si me amas, haz lo que te pido. Voy a regresar a México. Ya buscaremos una solución para nuestro futuro.

Días después, María salió con su familia de Madrid, y, llegados a Cádiz, embarcaron hacia tierras mexicanas.

El teniente Cervantes decidió pedir su traslado al Ejército español en México y lo consiguió en poco tiempo. Adujo su amor por María y el deseo de casarse con ella.

Es tradición en el Ejército de España el facilitar el matrimonio cuando un oficial lo solicite. De ese modo, conseguida su petición se enrumbó hacia el Nuevo Mundo en un difícil viaje desde Lisboa.

Tras las formalidades pertinentes, Miguel y María contrajeron matrimonio en la iglesia de San Francisco. Se establecieron en la capital de la Nueva España, y el teniente Cervantes, tras un año de servicio, dejó la milicia  para iniciar carrera en la Administración del Virreinato.

Fue para Miguel oportuno su cambio de profesión. No tuvo que combatir el conato de rebelión iniciado por Hidalgo en 1810.

Para él, y por amor a María, México era ya su Patria.

sábado, 12 de noviembre de 2011

MARÍA DE MÉXICO (I)




María Alvarado era hija de un importante funcionario de Nueva España, y decidió acompañar a su padre en su viaje a Madrid, para asuntos relacionados con México.

Realizar una travesía desde América hasta Europa en aquel tiempo, principios del siglo XIX, era complicado. Los barcos que zarpaban de las costas novohispanas lo hacían en convoyes, con la finalidad de defenderse de posibles ataques de piratas ingleses. La navegación terminó con éxito en el puerto de Cádiz, desde el cual hicieron el desplazamiento hacia Madrid.

María había insistido en acompañar a su progenitor porque estaba ilusionada con conocer la capital del Reino, y visitar lugares donde nacieron y vivieron Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y otros escritores a los que ella admiraba. En efecto, María conocía las obras de los clásicos del Siglo de Oro, y era una persona culta, versada en latín y en filosofía.

Ella era, además, muy hermosa. Había heredado lo mejor del mundo indígena y europeo que, en un tiempo se habían cruzado en su país: ojos almendrados, cabello azabache, labios carnosos y un cutis marfileño.

En aquel año de 1808 había gran tensión en la metrópoli. El ejército napoleónico se había estacionado en la Península con la excusa de dirigirse a Portugal. Pero era evidente que su intención era la invasión del territorio.

María fue testigo de la sublevación del pueblo madrileño aquel 2 de mayo. Alojada en el Palacio de la Sonora (que fuera residencia del Ministro de Indias), la muchacha contempló con horror las atrocidades cometidas por los soldados franceses y el heroísmo de las gentes de Madrid.

Tres días después, decidió acudir a un convento de monjas que se había habilitado como hospital de acogida de heridos españoles y franceses. Allí se ofreció a ayudar en el cuidado de los pacientes.

Su buen corazón, su simpatía y su belleza cautivaron a todos. Mas un día encontró una guitarra que alguien había dejado olvidada dentro de aquel lugar, y se le ocurrió entonar algunas de las hermosas canciones mexicanas que ella conocía. Todo el mundo guardó silencio para escuchar y disfrutar de esa bellísima música que salía de la garganta de María. La emoción embargó a los presentes, y las lágrimas afloraron a sus rostros junto a sonrisas de felicidad.

Con todo esto, unas jornadas más tarde, el médico responsable del hospital pidió a María que dejase el cuidado sanitario y se dedicase todo el tiempo que pudiese a tocar la guitarra y a cantar.

-- María, le ruego que siga haciéndolo así. Los heridos están mostrando síntomas evidentes de mejoría. Y los médicos sabemos cuán favorablemente influye en la curación un ambiente estimulante y alegre. Residí seis años en su tierra indiana, y también yo me siento alegre por escucharla. Su música está apapachando a estos hombres; todos se lo agradecemos.

El joven teniente Cervantes aparecía de vez en cuando por allá para visitar a los soldados y los civiles del hospital. Y conocíó a María. Quedó prendado de la muchacha; sus visitas se hicieron más frecuentes. Simultáneamente, el capitán francés Couchon se interesó por María. Era él un individuo arrogante y desdeñoso, que cuando inspeccionaba a sus soldados sólo a éstos saludaba, eludiendo a los demás. Quería conquistar a la damisela. Se creía superior a todos, y su actitud hacia ella no era precisamente caballerosa. La consideraba más bien como una parte de su botín.

(Continuará)

martes, 8 de noviembre de 2011

GUIJARROS EN LA LENGUA




Yo conocía a Manuel porque él tenía un puesto de venta de carne en el mercado municipal, al que yo iba de vez en cuando si mi mujer pedía mi colaboración en la tarea de las compras. Manuel era un joven activo y amable, con el cual mantenía yo una discreta amistad. Y lo digo así porque nuestras conversaciones eran muy breves. El motivo era su tartamudez. Por ello, el intercambio de palabras con sus clientes era muy corto con el fin de disimular su defecto.

Hay que conocer de cerca a esta clase de personas para comprender el sufrimiento que padecen, personas siempre temerosas de provocar alguna risa que les haga sentirse ridículas y avergonzadas.

Un día me dijo que necesitaba obtener el permiso de conducir y comprar una furgoneta para el transporte de sus mercancías.

-- Pe... pero yo... yo... no... no pue... pue...do acu...dir a u...na au... au... toes.. toes...cuela pa... para que se... se... rí... rían de... de mí.

-- Bien, Manuel. Te propongo una cosa- le dije-, te daré clases particulares y nadie te verá ¿vale?

Aceptó mi ofrecimiento y comenzamos las lecciones al día siguiente. Le dije:

-- Manuel, cuando te pregunte algo respóndeme cuando quieras; no tengas prisa y, si no lo deseas, me contestas cuando te parezca bien en otra ocasión.

Con este lento principio iniciamos su aprendizaje. Estuve tentado de ensayar con él lo que dicen que hizo Demóstenes para curar su tartamudeo. Mas eso de meterse piedrecitas en la boca me pareció que le resultaría chocante, y no se lo dije.

Para mi sorpresa, su progreso resultó notable. Dicen que los tartajosos son muy inteligentes y que, debido a la rapidez de sus pensamientos, tratan de hablar a mayor velocidad, y por eso se atascan.

Pero mi segunda y mayor sorpresa fue que en pocos días su lenguaje fue mejorando de tal modo que al final del curso apenas se entrecortaba. Prácticamente no tenía ya defecto en el habla. Se hallaba eufórico- al igual que yo-. Pasó sus exámenes y compró la furgoneta.

Fui a verle en su puesto del mercado. Hablaba alegre y fluidamente con su numerosa clientela, que se sentía encantada por charlar con él. Me saludó levantando una chuleta de cordero, y gritó: "¡Aquí tienen ustedes al hombre que me curó!"

Por suerte, suelo llevar gafas oscuras. De esa manera nadie pudo ver que tenía los ojos húmedos por las lágrimas.

domingo, 6 de noviembre de 2011

BREVE HISTORIA DE UNA MUJER CAMIONERA




Ana María era una muchacha de origen humilde que trabajaba de lavacoches en una gasolinera. Su aspecto era más bien basto, pero la chica era muy trabajadora y simpática. Se había inscrito en un curso que ofrecía la Administración de Andalucía para trabajadores que quisieran obtener un título profesional.

Eran estos estudios para llegar a ser conductor de camiones de gran tonelaje, de ámbito internacional. Ana María estaba ilusionada con ese proyecto, y yo le impartí clases junto a otros catorce alumnos.

Pasaron las semanas y unos meses; los exámenes se avecinaban. Ana María se encontraba nerviosa y me decía lo contenta que estaría con su nueva profesión.

Llegado el primer examen, Ana María suspendió. Sólo ella y otro compañero no habían pasado la prueba. Con ojos llorosos me dijo:

-- Ya ves, a pesar de tanto esfuerzo no he sido capaz de aprobar. Mi madre dirá que soy una inútil.

-- No eres una inútil, doy fe. Trabajas muchas horas en la gasolinera y aún te queda tiempo para estudiar con entusiasmo. Eres una persona inteligente y responsable. Incluso en los momentos de descanso te has dedicado a escribir ejercicios mientras tus compañeros tomaban café y fumaban un cigarrillo. Mereces aprobar.

-- ¡Ay, Fede! No basta con merecerlo; tenía que aprobarlo.

-- ¡Ánimo, Ana María! Nos queda otro examen de recuperación. Confía en que lo conseguirás.

Tres semanas más tarde, Ana pasó la convocatoria. Inmediatamente, se puso a hacer las prácticas que igualmente superó, con muy buena nota.

Dejé de verla para iniciar otro curso en otra localidad. Mas un día iba yo por la autovía, y en sentido contrario se acercaba un enorme camión con un claxon ensordecedor, el cual sonaba como un mugido. Una conductora asomaba el brazo con gesto de saludo. Era Ana María, quien había reconocido mi coche a distancia.

Ahora ella tenía un trabajo que le gustaba; muy bien remunerado, además. Me alegré por su felicidad. Y en mi corazón le estaba agradecido.

Sí, porque de aquella joven humilde aprendí lo que son la valentía y la auténtica voluntad de superación.

La vida siempre será la mejor maestra, indudablemente.

domingo, 23 de octubre de 2011

EL TRECHO DEL DICHO AL HECHO







Mi amigo Antonio, además de serlo, era mi jefe en la empresa donde yo trabajaba. Era un tipo curioso que, según él, había experimentado numerosos avatares en su vida. Un día, me relató algunos episodios curiosos.

Me decía que había sido fraile en un convento (no recuerdo la Orden) y que él, con un puñado de compañeros, había huido una noche del monasterio porque todos estaban hartos del Abad, que era un homosexual acosador. Después, Antonio me dijo que contrajo matrimonio, pero que al cabo de un tiempo se divorció por incompatibilidad.

Se metió en varios negocios de los que salió malparado. Según él, por culpa de sus socios y compañeros desleales.
Yo le escuchaba sentado en una butaca, mientras mi amigo me hablaba pausadamente desde su mesa en el despacho. Sentía simpatía por su persona y le dije:

-- Antonio, con todo lo que has tenido que pasar, supongo que te quedará una huella dolorosa en tu mente.

-- Pues no. Mira, Fede, mi tiempo de seminarista y de monje me enseñó con firmeza los principios cristianos que habrían de informar mi vida. Yo llegué a ser Subdiácono, ¿sabes? Así que, con todo esto, aprendí a perdonar e incluso a compadecer a mis enemigos. Sí, Fede, tenlo en cuenta. Tenemos que ser clementes con los demás, a ser pacientes cuando nos dañen. No te alteres cuando te insulten, porque posiblemente el que lo haga tenga los defectos que a ti te atribuya. Procura tenerlo en cuenta, que los que somos cristianos debemos dar ejemplo.

Me lo dijo en un tono tan paternal y moviendo las manos con una expresión tal que me lo imaginaba subido a un púlpito.
De pronto, sonó el teléfono. Antonio tomó el aparato y estuvo escuchando unos minutos. Súbitamente, y de un golpe, colgó el auricular.

-- ¡Hijo de puta! ¡Ha cortado la conversación y me ha llamado sinvergüenza! ¡Fede, que me ha dicho que soy un sinvergüenza! ¡A mí nadie me dice esto! ¡A mí no se me puede insultar así! ¡Hijo de perra, rufián, cerdo, canalla! ¡Así se te pudra la lengua!
Y, abriendo un cajón de su mesa, sacó una enorme navaja albaceteña; se puso de pie y la blandió delante de mí.

-- ¡Le voy a hacer una "cremallera"! ¡Lo voy a rajar desde el pescuezo hasta los huevos! ¡Maldita sea, que voy por él!

-- Antonio, por favor, no hagas locuras. Piensa en las consecuencias para ti y para tu familia.

-- ¡Déjame, Fede! ¡No te interpongas en mi camino! ¡Como hay Dios que me lo cargo ahora mismo! ¡A ese canalla, cabrón!

Fue inútil que tratara de detenerle. Se llegó hasta el establecimiento de su enemigo, y a punto estuvo de darle de puñaladas. Los guardas del almacén lo detuvieron.


En las dependencias policiales, adonde fue conducido, se le oyó gritar durante horas.

lunes, 29 de agosto de 2011

UN PASTOR ALEMÁN





Doña Guadalupe, viuda de Reboño, quería para su finca rústica un perro de buena raza, y determinó que un pastor alemán cumpliría con los requsitos necesarios.

En un periódico de tirada nacional vio un anuncio donde se ofrecían pastores alemanes, entrenados y originarios de la misma Alemania. Se pedía una cantidad de dinero a cuenta, pero se ofrecían garantías de envío y calidad, avaladas por una entidad bancaria. Doña Lupe pensó que lo pedido en el anuncio era un poco caro, pero que la categoría de su finca merecía tal estipendio.

Hecho el pago por transferencia bancaria y firmado el documento de petición, esperó durante unos dias noticias del envío.

Ya empezaba a impacientarse cuando sonó el timbre de la puerta y la criada le anunció la visita de un extraño que parecía extranjero.

Doña Lupe le recibió en la sala. Era un hombre alto de cabello rubio y corto, ojos pequeños y azules, asi como tez colorada. Vestía una rara indumentaria, calzaba botas de media caña. Se inclinó ante ella y dijo:

-- Guten tag, meine Frau. Ich bin der deutsch Schäfer.

-- ¿Qué? No entiendo nada.

--Pardon, madam. Español bien no hablo, pero su idioma yo entiendo. Soy el pastor usted ha pedido.

-- ¡Pero yo pedí un perro pastor alemán! ¡Lo leí en un anuncio!

-- Pardon, madam. Anuncio no decía "perro", sino pastor.

-- ¡Esto es un lío y la culpa no es mía!

-- No sé si culpa de quién. Mis papeles en regla. Título profesional de Escuela de Pastor y Cuidador de Animales.

Doña Guadalupe supuso razonablemente que la anulación del contrato le traería perjuicios económicos. Por tanto, decidió que Fritz- así se llamaba el hombre- trabajase una temporada en su hacienda, aunque fuese de prueba.

Pues la prueba funcionó. Fritz cuidó ovejas, vacas y hasta los dos caballos de la señora. Además, se ocupó del césped del jardín y del pequeño huerto de frutales.

Doña Lupe estaba encantada, pese a que el sueldo de Fritz era considerable. La ventaja estribaba en que desempeñaba el trabajo de dos personas, o tres, y no era hombre de vicios. Solamente tenía inclinación por ingentes cantidades de cerveza. Eso sí, nunca ella lo vio borracho.

Fritz amplió su campo laboral efectuando reparaciones en la casa de la dueña.

Las frecuentes visitas al caserón tuvieron una consecuencia. La viuda de Reboño lo ascendió a la categoría de amante. Así, dispuso sus noches en brazos del robusto pastor, quien no era torpe en las artes amatorias.

Ella puso una condición. Nadie debía conocer que compartían cama. Fritz seguía siendo sólo su empleado. Nada de introducirlo en su vida social; sus distinguidas amistades no debían tener conocimiento de la relación.

Eso, al menos, creía doña Guadalupe. Mas un día una de sus amigas la telefoneó, y le preguntó: "Lupe, dime, por favor, ¿dónde he de llamar para conseguir un pastor como el tuyo?"

domingo, 31 de julio de 2011

JUSTICIA MEXICANA





Cuando aquella extraña Monarquía encarnada en el Emperador Maximiliano se instaló en México, numerosos personajes extranjeros acompañaron al Monarca, algunos con la intención de medrar en aquel gran país.

Uno de ellos, Monsieur Pierre Dupont no albergaba ideas románticas acerca de un sistema que no era querido por la mayoría del pueblo mexicano. Su anhelo era obtener riqueza, sin importar cómo. Apoyado por la autoridad imperial, consiguió el arrendamiento de una gran extensión de tierra en un lugar no muy lejos de la capital.

Aquel trato era singular. Los arrendadores, que eran numerosos, se ofrecieron para trabajar aquella hacienda como empleados de Monsieur Dupont. Las difíciles circunstancias que atravesaba la Nación empujaron a aquellos hombres a realizar de esa manera el contrato, pues el precio del arriendo era bajo; conseguido más por veladas amenazas que por un sentido de la equidad. Hay que aclarar que esos campesinos constituían una comunidad que había recibido aquellas tierras de cultivo del Rey de España, en el siglo XVIII.

El primer año fue abundante en lluvias, y la cosecha de cereales prometía ser buena. Pero los agricultores de Mr. Dupont estaban descontentos con los salarios tan poco elevados que estaban recibiendo. Pensaban, con razón, que si la cosecha iba a ser espléndida, arrendamiento y sueldos resultaban casi míseros.

Intentaron elevar a Dupont sus peticiones, mas no fueron recibidos por el arrendatario. Exasperados, decidieron recurrir al Padre Francisco, Panchito para los lugareños, que era el cura del pueblo, con el objeto de que intercediese por ellos.

El P. Panchito se presentó en la mansión de Monsieur Dupont. Era aquel clérigo un hombre menudo de tez morena y mirada intensa. Tras los saludos protocolarios, el párroco expuso las quejas de sus feligreses.

-- Déjese de monsergas, padre-- le espetó agriamente Dupont.-- Yo sé cómo tengo que tratar a mis monos. Ya tengo experiencia.

-- ¡No llame "monos" a mis parroquianos!

-- Sus parroquianos son indios ¿verdad? Así llamo a indios y a negros; y no creo que eso esté mal.

-- Esos hombres son ciudadanos mexicanos, y merecen respeto. Mire, también yo soy indio, y me siento orgulloso de ello. Pero más orgulloso me siento por entregar mi vida a Dios, y servir a los hombres.

-- Bueno, no se ofenda. A usted no le llamaré "mono". Pero sepa que tengo una experiencia heredada de mis antepasados, cuando vivían en Haití. De ellos aprendí a tratar a los negros.

-- ¡Estos campesinos no son negros!-- gritó el Padre Panchito.-- Y si lo fueran, asimismo defendería yo sus derechos. Pero parece irónico que usted me diga que sabía cómo tratar a los negros. ¿Acaso no se sublevaron contra sus compatriotas por el trato inhumano que recibían? ¡Ha sido el de Haití el más vergonzoso de los episodios de la colonización, y usted me viene diciendo cómo portarse con ellos!

Monsieur Dupont dio por terminada la discusión. El P. Panchito volvió entristecido a su pueblo. Allí reunió en la iglesia a los habitantes, y les explicó la entrevista con el arrogante personaje.
Algunos campesinos propusieron eliminar al francés cuando éste llegase a la localidad.

-- No voy a consentir un asesinato -- arguyó el sacerdote.-- Mejor será que lo pongamos en manos de Dios. Pidamos justicia al Altísimo.

Una fuerte discusión se originó entre los concurrentes, y al final no se decidió nada en concreto.

Pocos días después Monsieur Dupont montó en su caballo y partió para el pueblo. Algunos campesinos que lo sabían resolvieron apostarse en el camino para interceptar su paso.

Mas aquel día se desencadenó una terrible tormenta, con viento huracanado, que no era propia de la estación. Pierre Dupont se vio inmerso en la turbulencia del vendaval, y desapareció de la senda. Nadie se percató de lo sucedido. Pero el cuerpo fue descubierto colgado de la rama de un árbol. Su caballo pastaba plácidamente a poca distancia; no parecía haber sufrido daño alguno.

Pero ¿qué pasó con la cosecha y el contrato de arrendamiento?

El Juez que intervino en el caso determinó que, puesto que Dupont no había pagado a los arrendadores, éstos se quedarían con los beneficios de la cosecha. El señor galo no tenía ni herederos ni familiares.

Ninguna persona acudió a su entierro, pero el Padre Panchito rezaría por su alma.

domingo, 24 de julio de 2011

FREDI EN EUSKADI




Fredi arribó al País Vasco. Ahora pensaba que encontraría el campo adecuado para realizar las fechorías que complacerían a su amada Luci, la preciosa diablesa a la que tenía que servir para lograr su total amor.

Nada más llegar a Bilbao se dirigió al casco antiguo, donde quizás contactase con elementos afines a ETA. Sabía que debía ser discreto, pues nadie le iba a facilitar por las buenas los contactos que deseaba.

Recorrió varias tabernas y entabló conversación con algunos clientes. No pudo llegar a diálogos que sobrepasasen los temas del fútbol, pero sí estuvo a punto de coger una borrachera por la cantidad de copas de chacolí que ingirió. Se sentía algo frustrado, pero al doblar la esquina de una callejuela vio pegada en la pared una esquela con el horario de una misa de funeral, que se celebraría en la iglesia de un pueblo cercano.

Al leer el nombre del difunto, aquél le resultó familiar, pues lo había leído en la prensa cuando ésta hacía referencia a la muerte de un etarra en un enfrentamiento con la policía.

Fredi decidió que ésa sería su oportunidad. Allí conocería a gente que, con seguridad, pertenecería o sabría de tipos de la organización armada.

Al día siguiente se personó en la parroquia que figuraba en la esquela, y asistió a la misa. Se quedó boquiabierto cuando oyó del cura oficiante que "el fallecido era comparable a Jesucristo por haber entregado su vida por sus hermanos". ¡Un homicida asemejado con Jesucristo! No esperaba semejante aseveración de boca de un sacerdote, así que pensó que había dado con el lugar idóneo para el inicio de sus proyectos diabólicos.

Acabada la misa, pidió al cura hablar con él. Y, como supuso, fue acogido favorablemente por el clérigo, tras una larga conversación. Al cura Don Ignacio le extrañó que un maketo se interesara por la causa de ETA, pero Fredi le explicó que era descendiente de vascos y que comprendía el ideal etarra.

El Padre Ignacio le dijo que lo pondría a prueba para que demostrase su capacidad. Aunque le preguntó que si sabía manejar armas de fuego, le advirtió que no sería aún "soldado", que habría de conocer poco a poco a personas del ambiente adecuado.

Como primer paso, el Padre Ignacio lo colocó de camarero en un restaurante donde integrantes etarras y  partidarios celebraban actos y reuniones.

"Debes observar a todo el mundo y averiguar quiénes son periodistas. Los camareros son los que mejor llegan a conocer a la gente". Esto le dijo el Padre Ignacio.

No podían sospechar el desastre que se les avecinaba cuando un día se celebró en aquel establecimiento un acto donde se congregarían importantes personalidades del Gobierno vasco, y, naturalmente, simpatizantes de ETA. También algunos clérigos "directores espirituales" del movimiento etarra, entre ellos el cardenal vasco-francés Roger Etchegaray.

En un pequeño patio del restaurante se ofreció un aurresku, ese baile en el que el danzante levanta una pierna hasta la altura de la barbilla. Por aquel espacio abarrotado de gente decidió Fredi pasar a otro salón, con una gran sopera llena de espaguetis, para dejarla sobre una mesa.

Podría haber efectuado un rodeo, mas pensó en el camino más corto, el cual era aquel patio donde se ejecutaba la danza. El sitio entre el "dantzari" y el público le permitiría pasar con el enorme recipiente.

Fredi se detuvo, observó el baile y resolvió pasar rápidamente , entre la corta distancia existente entre el bailante y la gente que observaba el espectáculo. Lo que no calculó fue el momento en que aquel hombre levantaría su pierna. Pues bien, quiso la mala suerte que nuestro protagonista pasase justamente cuando el ejecutante de aurreku elevó, súbitamente, el pie noventa grados, propinando una fortísima patada a la sopera que Fredi llevaba en las manos; sopera que saltó con estrépito, derramando el contenido sobre las cabezas de quienes estaban en la primera fila. De ese modo, viéronse adornados con unas extrañas pelucas blancas y sonrosadas.

Lo peor es que allí se hallaba un puñado de reporteros gráficos, que dispararon sus flashes aprovechando aquella inusitada ocasión que se les brindaba. ¡Qué fotos para las portadas de sus revistas y las primeras páginas de sus periódicos!

¿Qué consecuencias tuvo aquello para Fredi? Corramos un tupido velo y hablemos de ello en la próxima entrega.

domingo, 15 de mayo de 2011

FREDI Y EL "TERRORISMO"






De nuevo Fredi estaba decidido a proseguir sus andanzas en pos de alcanzar el amor de Luci, aquella extraña muchacha que exigía de él un acto heroico y malvado para ofrecerlo al Príncipe de las Tinieblas.

Por aquel entonces se había iniciado un intento de democratizar a España, y el terrorismo etarra hacía de las suyas aprovechando la confusión de ciertos sectores del país que deseaban mantener el anterior sistema, y que no querían permitir que nuevos aires políticos deshiciesen lo que se había dejado "atado y bien atado".

Surgieron de la clandestinidad partidos como el Socialista y el Comunista, para desazón de algunos que pensaban en el regreso a la catástrofe de 1936.

Un grupo del País Vasco, simpatizante de ETA, consiguió en el Parlamento nacional, creado tras las primeras elecciones libres, ganar algunos escaños en el Congreso de los Diputados, lo que dio lugar a que el ex Ministro Fraga Iribarne dijese "Tenemos terroristas con representación parlamentaria".

Mi amigo Fredi no es que fuese tonto, pero era ingenuo; más de lo debido en vista de sus acciones absurdas para complacer a la amada Luci.

Pues bien, un día en que por motivos de su trabajo comercial pasó por una calle céntrica de una ciudad andaluza, vio en la puerta de un edificio de oficinas una pequeña placa donde aparecían las siglas "E.T.A." "Esto debe de ser una delegación por eso de las libertades actuales", se dijo Fredi. Ilusionado por la perspectiva de poder colaborar con los terroristas y así complacer a su adorada diablesa se dirigio al piso que se señalaba junto a la placa.

Allí fue presentado al jefe, un hombre cordial y animoso que le agradeció su visita y su deseo de trabajar con ellos. Para asombro suyo, fue admitido inmediatamente y se le ordenó un primer trabajo. Debía visitar a un número de agricultores industriales rurales de la provincia para formar un fichero con todos los datos posibles.

Así lo hizo Fredi, y en pocos días se presentó ufano ante el director, con la información requerida.

-- Le felicito. Ha hecho más indagaciones y más completas de lo que podía esperarse-- le dijo el jefe--. No obstante, veo que toma nota de cosas que no eran necesarias.

-- ¿Por ejemplo?-- preguntó Fredi.

-- Aquí dice número de miembros familiares, horas de entradas y salidas, aficiones, etc. No era necesaria tanta precisión.

-- Para que no tengan escapatoria-- apostilló Fredi.

-- ¡Hombre! ¡No es para tanto!-- replicó el jefe sonriendo.-- No es indispensable perseguirlos. Basta con mantenerse atentos a sus necesidades.

Al día siguiente el director le dijo a Fredi:

-- Le felicito. He recibido varias llamadas de empresarios agrícolas solicitando diversos tipos de bombas. Les ha caído bien, por lo que me han dicho.

-- ¿Piden bombas?-- inquirió Fredi-- ¿También ellos son colaboradores de la causa?

-- El hecho de pedirnos material los hace colaboradores nuestros. Por cierto, sería conveniente que mañana acompañara en la camioneta a nuestro equipo de montaje para probar un par de bombas.

-- ¿Probarlas?- preguntó Fredi.

-- Claro, hombre. La cosa no es tan complicada. Disponemos de mucha agua para hacer la demostración.

-- ¿Y la Guardia Civil?

-- La Guardia Civil no tiene por qué inmiscuirse. Tenemos nuestros papeles en regla.

-- Tal vez el ruido los alerte-- comentó Fredi.

-- ¿Qué ruido van a hacer? No más que el motor de un tractor.

-- Curioso. No sabía que actualmente se hiciesen bombas insonoras.

-- Pero ¿en qué mundo vive? Los motores de explosión son cada vez menos ruidosos.

-- Ignoraba que se usasen motores para explosionar una bomba....

-- ¿Explosionar? Nuestras bombas no necesitan eso. Funcionan con ruido discreto y, sobre todo, obtienen mucha agua.

De pronto, Fredi se dio cuenta de lo que se hablaba.

-- Perdone, jefe. Pero ¿qué hay entonces de nuestras acciones de guerra? ¿Qué derroteros ha tomado la ETA?

-- Pues las de siempre. Estudios y Tratamientos Agrícolas (E.T.A.) (1) está al servicio del progreso agrícola e industrial. Parece usted más despistado que un pulpo en un garaje.

Fredi deambuló aquella noche por las calles de la ciudad, y la policía le pidió la documentación, instándole a retitrarse a su domicilio. Al día siguiente emprendió rumbo al País Vasco.



(1) (La empresa E.T.A. existió realmente)

domingo, 1 de mayo de 2011

LA VELOCIDAD Y EL TOCINO




Se suele decir, para indicar la imposible relación de una supuesta causa y efecto, que algo es como confundir "la velocidad con el tocino". Pues bien, pude comprobar que sí puede haber una estrecha conexión entre una cosa y otra en la mencionada y algo jocosa expresión popular.

Yo, sí, la descubrí , e ignoro si mi descubrimiento llegará alguna vez a figurar en los anales científicos de la posteridad. Hay que preguntarse qué descubrimiento hubiera logrado Newton si no le hubiese caído una manzana en la cabeza. Mi investigación tuvo un rigor científico, como demostraré.

Una mañana primaveral, en una tranquila calle de la periferia londinense, un caballero británico caminaba con paso presuroso en dirección a la parada del autobús que le llevaría a su oficina en la City. Inoportunamente para él, un trozo de corteza de tocino fue pisada por el caballero, y su pie izquierdo describió elegantemente un arco de cuarenta y cinco grados, lo cual provocó una caída sobre sus glúteos, de tal modo que una segunda corteza de tocino, a poca distancia de la primera, recibió las posaderas del hombre. La velocidad del transeúnte no era inicialmente superior a ocho km/h, pero tras el impacto con la otra corteza alcanzó la impresionante velocidad de 42,300 km/h. Eso ocurrió durante unos 4 metros y el cálculo lo hice cuidadosamente, como puedo demostrar, mediante el vídeo que coloqué a poca distancia. Curiosamente, la breve carrera de Mister Smith terminó precisamente en la parada del autobús, cuando éste justamente llegaba.

-- No era necesario que se apresurase tanto, señor. Yo me hubiera esperado unos segundos más-- dijo el conductor amablemente.

Bueno, pues con los escrupulosos cálculos obtenidos por mí he roto con el mito de que nada tiene que ver la velocidad con el tocino.

-- Pse, pse, oiga. ¿no sería usted el que colocó las cortezas para provocar el incidente? ¿No iba preparado con el vídeo para eso?

-- He de responderle que su observación es impertinente. ¿Acaso la ciencia no exige algunos sacrificios?

-- Es usted un hijo de p...

-- Bueno...