CUENTOS POR CALLEJAS

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viernes, 2 de abril de 2010

MI AMIGO EL DE LOS COHETES




Mi amigo Teófilo era una de las personas más interesantes que haya tratado nunca.


 Estaba cumpliendo el servicio militar, todavía era obligatorio, y la casualidad me hizo conocerle en circunstancias que no vienen ahora al caso mencionar.


 Era un joven inteligente y culto, versado en literatura y filosofía.
 Hablaba inglés con soltura y lenguas clásicas, por lo que conversar con él era sumamente gratificante.


 Pero lo más llamativo era que pese a su cultura y agudeza tenía una mentalidad que yo calificaría de algo infantil.
 No lo digo en sentido peyorativo, pues en el transcurso de mi vida he observado que personas inteligentes mostraban rasgos de su carácter que cualquiera podría definir como el de mi amigo, por lo que me viene a la memoria el pasaje del Evangelio en el que Jesucristo dice: "Si no sois como niños no entraréis en el Reino de los Cielos".


 No sé si Teófilo entraría en los cielos, pero pienso que no andaría muy lejos.
 También me hace pensar que las vicisitudes de su trabajo no le hicieran desviarse de su forma de ser, que tenía el encanto de la inocencia, no por ignorancia, sino por la nobleza de su espíritu.


 En la época en que conocí a Teófilo, en nuestra querida España, el bribón, el tunante, tenía aceptación, o al menos tolerancia, en nuestra sociedad.
 Para algunos, la bondad era como sinónimo de torpeza. Tal vez dicha bondad siga teniéndola, bueno, sí, veo que en algunos sectores sigue siendo así, pero en la juventud rebelde que he conocido parece como si el rechazo fuese total. Pero no quiero desviarme con mis disquisiciones del protagonista de mi relato.


Teófilo, por sorprendentes razones que él solamente conocía, pasó de sus estudios de letras a los de ciencias. Con notable éxito, según me dio a entender, hasta el punto de que antes de terminar su carrera, una empresa extranjera le ofreció un importante puesto de trabajo para cuando acabase sus estudios de ingeniería.


 Era una industria fabricante de armamento ultramoderno, en el que se incluía misiles que requerían de una alta tecnología, que solamente cerebros especializados podían hacer y desarrollar. Con la soltura que los científicos pueden explicar esas cosa, él me contó su juguete preferido, el cual le producía una emoción especial.


 Se trataba de un misil cuyos componentes le permitían volar casi a ras de tierra, con objeto de evitar el radar.
 Los componentes de dirección programada de aquel cohete le hacía salvar obstáculos y alcanzar su objetivo, pese a todos los esfuerzos con que el enemigo quisiera oponerse a su trayectoria.


 "Fíjate, Fede, puede rebasar la torre de una iglesia y volver a situarse tan bajo sin que nadie lo detecte". Su entusiasmo me dejó un poco confuso y le pregunté qué pasaba al final.


 "¡Ah! pues alcanzaría el blanco programado y explosionaría."


 "¿Con armas atómicas?", le pregunté.


 "Bueno, eso depende de si se le incorpora o no una ojiva. Pero sí, puede ser un arma nuclear."


 Me dijo que su misión sería, como representante de la empresa, explicar a los posibles compradores las maravillas de sus productos y conseguir sus pedidos.
 El asunto se traduciría en millones de dólares de beneficios.


 Entonces, le pregunté si no tendría escrúpulos por vender aquellas terribles máquinas a países indeseables, los cuales constituirían un peligro para otras naciones.


 "¡Ah no! No se podrá hacer porque existe un acuerdo internacional que prohíbe la venta de alta tecnología a gobiernos gamberros".
 Y me dio el nombre de unas siglas que no recuerdo.


 " Ya, eso está bien", le respondí. "Pero ¿ no cabe la posibilidad de un error? Es decir, que un determinado país considerado amistoso pudiese derivar hacia actitudes políticas no deseadas."


 "No, no, no puede ocurrir, te lo aseguro. Se toman todas las precauciones", me respondió con una sonrisa mientras me colocaba cordialmente una mano sobre mi hombro.


 Dejé de ver a mi amigo y supuse que ya se habría incorporado a su puesto de trabajo. Pasaron varios años y los Estados Unidos invadieron Irak.
 Muchos vimos en televisión aquellas estelas y explosiones de cohetes que cayeron sobre Bagdad como una tétrica fiesta de luces.


 Me acordé de Teófilo. ¿Habría él contribuido a la fabricación de alguna clase de aquellos diabólicos misiles? Y si así fue¿Qué pensaría y sentiría cuando supiese que miles de personas habían sucumbido al ataque norteamericano?


 Aún recuerdo con horror la fotografía de una batería antiaérea del ejército iraquí que había sufrido el impacto de un cohete cuya explosión había fundido literalmente a los servidores del cañón de cintura para abajo, dejando ver como una masa informe de color gris.
 Pero de cintura para arriba, los cadáveres de los soldados aún se aferraban con sus manos a los elementos del cañón y mantenían los ojos abiertos como asombrados ante esa muerte fulminante.


 Cuando la ciencia y la técnica se ponen al servicio de la muerte, me viene a la memoria la frase del científico Oppenheimer, uno de los hacedores de las bombas de Hiroshima y Nagasaki:


 " Hoy, los que hemos construido estas armas, hemos conocido lo que es el pecado".


 Amigo Teófilo, me gustaría pensar que tu talento se haya puesto al servicio de la paz, que hayas inventado ingeniosos mecanismos para la industria, la navegación y el recuerdo de la gente, y que hayas seguido siendo algo niño.


 Por paradójico que parezca, te recuerdo cuando veo las Fallas de Valencia y pienso en qué buen pirotécnico hubieses sido.

1 comentario:

raf dijo...

Breve relato e interesante.No está nada mal.