CUENTOS POR CALLEJAS

Hay base en la realidad y/o en la ficción en todo cuanto opino y/o narro.

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domingo, 1 de mayo de 2011

LA VELOCIDAD Y EL TOCINO




Se suele decir, para indicar la imposible relación de una supuesta causa y efecto, que algo es como confundir "la velocidad con el tocino". Pues bien, pude comprobar que sí puede haber una estrecha conexión entre una cosa y otra en la mencionada y algo jocosa expresión popular.

Yo, sí, la descubrí , e ignoro si mi descubrimiento llegará alguna vez a figurar en los anales científicos de la posteridad. Hay que preguntarse qué descubrimiento hubiera logrado Newton si no le hubiese caído una manzana en la cabeza. Mi investigación tuvo un rigor científico, como demostraré.

Una mañana primaveral, en una tranquila calle de la periferia londinense, un caballero británico caminaba con paso presuroso en dirección a la parada del autobús que le llevaría a su oficina en la City. Inoportunamente para él, un trozo de corteza de tocino fue pisada por el caballero, y su pie izquierdo describió elegantemente un arco de cuarenta y cinco grados, lo cual provocó una caída sobre sus glúteos, de tal modo que una segunda corteza de tocino, a poca distancia de la primera, recibió las posaderas del hombre. La velocidad del transeúnte no era inicialmente superior a ocho km/h, pero tras el impacto con la otra corteza alcanzó la impresionante velocidad de 42,300 km/h. Eso ocurrió durante unos 4 metros y el cálculo lo hice cuidadosamente, como puedo demostrar, mediante el vídeo que coloqué a poca distancia. Curiosamente, la breve carrera de Mister Smith terminó precisamente en la parada del autobús, cuando éste justamente llegaba.

-- No era necesario que se apresurase tanto, señor. Yo me hubiera esperado unos segundos más-- dijo el conductor amablemente.

Bueno, pues con los escrupulosos cálculos obtenidos por mí he roto con el mito de que nada tiene que ver la velocidad con el tocino.

-- Pse, pse, oiga. ¿no sería usted el que colocó las cortezas para provocar el incidente? ¿No iba preparado con el vídeo para eso?

-- He de responderle que su observación es impertinente. ¿Acaso la ciencia no exige algunos sacrificios?

-- Es usted un hijo de p...

-- Bueno...

lunes, 4 de abril de 2011

FREDI Y LUCI




En un relato anterior vimos los esfuerzos del protagonista para ofrecer a su amada Luci Fernández algún acto malvado que complaciese al Diablo y así lograr el amor de su preciosa diablesa.

Fredy ya no quiere seguir escribiendo sobre sus avatares con su amada, pero me ha autorizado a que lo haga yo, pues me considera su amigo más íntimo y de plena confianza. Así que me limitaré a describir lo que él me contó.

Mi amigo se quedó aturdido y desmoralizado tras sus dos intentos de lograr alguna perversa acción. Sus entrevistas con Luci-Fer Nández se limitaban a tomar café en un bar céntrico de la ciudad. Pero Luci se mostraba renuente a entregar su amor. Quería resultados, pruebas de la sumisión de Fredy.

-- Resultados, Fredy. El Amo está disgustado y considera que estoy mostrando ineptitud. Esto no puede continuar así.

-- Pero Luci, yo te amo. Después de todo ¿qué importa lo demás?

-- Lo que tú llamas "lo demás" constituye mi ideal supremo. No olvides que para conseguir mi amor te puse mis condiciones.

-- Difíciles condiciones, Luci. Lo he pasado mal y no he tenido ni una palabra de consuelo. Ni siquiera me has dado un beso desde que te conozco.

-- ¡Ja, ja! ¿Eso es tan importante para ti? Pues te lo daré ahora.

Y acercando su rostro a él le ofreció sus labios carnosos. Fredy miró fascinado aquel delicioso obsequio y besó apasionadamente la boca de Luci.

Todo desapareció de pronto. Fredy se vio cayendo en un abismo rojo y profundo, cogido de la mano de Luci. Aquel extraordinario vuelo era a la vez fascinante e inquietante. Algo extraño envolvió a Fredy. No quería estar allí, pero la compañía de Luci le embargaba de felicidad. Al mismo tiempo, presentía un terrorífico final del que no podría escapar.

Aquella larga caída tenía un fin. Bajo sus pies, una enorme llanura empedrada de un rojo intenso y ardiente, que parecían enormes rubíes que amenazaban con quemarlos a los dos. Luci sonrió y abrazándose a él subieron a velocidad vertiginosa.

Repentinamente, se vio en la cafetería frente a Luci.

-- ¿Qué ha pasado, Luci? ¿Cuánto tiempo hemos estado fuera? Veo las mismas caras a mi alrededor.

-- No hemos estado más de cinco segundos. Lo que ha durado nuestro beso.

-- ¿Cinco segundos? ¡Pero si me ha parecido una eternidad!

-- Ya ves, Fredy. El tiempo difiere entre  el otro mundo y el nuestro. Hay otros mundos, Fredy. El tiempo es un concepto diferente según donde estés. ¿Has leído a Einstein? Eso te ayudaría.

-- Estoy confuso, Luci. Lo único que te puedo decir es que tu beso y tu compañía han sido maravillosos.

¡Ajá1 Pues imagina lo que será cuando me poseas por completo...

-- ¡Oh Luci! Me vuelves loco. Por ti haría lo imposible.

-- ¿De veras? Pues he aquí que te vuelvo a pedir lo que ya hice unos meses atrás.

-- Sí, Luci, sí. Ya lo sé. Volveré a intentarlo de nuevo. Te juro que lo conseguiré.

-- No vuelvas a decir "Juro". Jurar significa poner a Dios por testigo. Comprenderás que no es apropiado en nuestro caso.

-- Pues ¿qué digo, Luci? Tal vez debería decir "Lo satanizo".

-- ¡Ja, ja, ja! Resulta gracioso. Pero bastará que me lo prometas.

-- Pues te lo prometo, Luci. Agudizaré mi ingenio y lograré ofrecerte algo que te satisfaga.

Tras aquella conversación, Fredy se puso manos a la obra. Dudaba acerca de tomar alguna de las opciones en las que pensaba.

Una de ellas era establecerse en Gibraltar, minúscula ciudad donde la delincuencia de alto rango estaba permitida y aun protegida por su Gobierno. Pero para delinquir desde Gibraltar había que hacerlo con "clientes" de fuera. La pequeña población no era precisamente New York.

Así que de momento pensaría en algo más sencillo. ¡Ya lo tenía! Sí, sería estupendo. Pondría un anuncio en el periódico solicitando trabajadores para una empresa ficticia, y luego sufrirían terriblemente con el engaño . Hasta preveía algún que otro suicidio.

Al día siguiente de poner su petición en la prensa local, llovieron las llamadas en el teléfono de Fredy. Como aquello debía tener un aspecto de realidad, Fredy dialogaba con los aspirantes e inquiría detalles sobre sus conocimientos y experiencia. A los que "seleccionaba" les pedía que enviasen sus currículos a un aparatado de correos. Al tercer día retiró su anuncio. Ya tenía bastante.

Naturalmente, había dado un plazo de varias semanas para "estudiar" cada expediente y así crear una atmósfera tensa y anhelante.

Pasaron tres semanas. Las llamadas de los aspirantes al empleo eran constantes. Fredy se regodeaba y soñaba con el momento de decírselo a Luci. Pero un día, una de las llamadas le cogió por sorpresa.

-- Buenos días. Soy Inspector del Ministerio de Trabajo. Tengo entendido que usted ha recogido numerosos currículos para una supuesta empresa que, por lo que hemos descubierto, no existe. Le exijo que nos entregue esa documentación.

-- ¿Que no existe la empresa? ¿Cómo lo han descubierto? ¿Y para qué quieren esos papeles?

-- Lo descubrí yo, que para eso soy Inspector del Ministerio. En cuanto a exigirle esa documentación, se debe a que una empresa franco-alemana se va a establecer en nuestra ciudad. Y creo que el perfil reflejado en su anuncio coincide con lo que la fábrica extranjera exige.

Fredy no tuvo más remedio que entregar lo pedido por el Inspector. Para su sorpresa, los 67 aspirantes cuyos currículos habían llegado a sus manos encontraron trabajo en aquella nueva industria.

Fredy estaba hundido y decidió no contárselo a Luci. Pero lo más desmoralizante fue el encuentro en un bar con una docena de aquellos trabajadores que lo reconocieron y le invitaron a tomar todo lo que quisiera.

-- ¿Qué va a ser , señor? Le preguntó el camarero.

-- ¡Azufre! ¡Azufre con ceniza!


domingo, 16 de enero de 2011

MI AMADA LUCI



Se llamaba Lucy, aunque ella insistía en que era con "i" latina, o sea, Luci. Aquello al principio me pareció algo sin importancia, pero luego supe que sí lo era para ella por razones que explicaré.

La conocí en un cocktail al que fui invitado por una amigo tras la presentación de un libro sobre temas esotéricos. La verdad es que nunca llegué a leer aquella obra, porque Lucy, o Luci, acaparó todas las horas libres de mi vida. No hubo lugar en mi cerebro sino para que mi pensamiento estuviera pendiente de ella. Es decir, que me enamoré perdidamente de esa forma que Ortega y Gasset definió como "idiotez transitoria" o algo así. El idioma inglés, tan gris para otras cosas, tiene un verbo muy expresivo para eso del enamoramiento: "to fall in love", caer en el amor. Nada más apropiado para mi caso porque caí en un abismo del que estuve a punto de no salir.

Lucy era guapa, con una belleza extraña, alucinante, irresistible. Cabelllo negro enmarcando un rostro de marfil de finos rasgos y una figura esbelta, con una forma de caminar elegante y majestuosa. Además, su personalidad era muy interesante. Había algo en sus palabras que, junto a sus misteriosos ojos, me fascinaban.

Manteníamos largos diálogos, o, mejor dicho, monólogos, pues ella hablaba de sí misma y, sobre todo, de los profundos ideales que informaban su vida. Pero me tenía intrigado. Un día le pregunté:

- Todavía no sé cuáles son esos ideales de los que hablas. Me suenan algo extraños y quisiera que me lo explicases.

- Mis ideales no son los tuyos, y temo que no me comprendas.

- ¡Oh sí! Trataré de comprenderte, Lucy.

- Tal vez -responde ella- pero antes debes entender la grandeza de quien manda sobre mi alma.

- ¿Se trata de alguna de esas sectas que hay por ahí?

- ¡Qué vulgar eres! Yo no pertenezco a ninguna secta sino al único y poderoso Príncipe. Mi propio nombre lleva las letras que lo identifican.

- Dime- me preguntó- ¿Cómo es mi nombre y mi apellido?

- Pues, Lucy y ... Fernández, creo.

- Exacto, ¿y cuál es la primera sílaba de mi apellido?

- Fer... claro.

- Fíjate entonces, me llamo Lucy y esa primera sílaba da L-U-C-I-F-E-R.

- ¡Puñetas, es verdad!- exclamé. Tiene gracia la cosa.

- No es que tenga gracia. Es que es un signo que me recuerda mi natural pertenencia al Príncipe de las Profundidades.

- Realmente no creo que tus ideales se amolden a los míos. Todo esto es extraño para mí.

- No importa. Se´que me amas y me deseas. Yo seré tuya para siempre si haces lo que te pida.

- ¿..?

- Lo que te pido es que hagas algún acto de los que la gente considera "malos".

- ¿Matar, por ejemplo?

- Quizás. Eso lo dejo a tu elección. Lo que importa es que sea lo bastante perverso. Algo que deje en tu corazón la certeza del mal. Tú me lo ofrecerás y yo, a mi vez, se lo diré a mi Príncipe como homenaje a su grandeza.

- La verdad, me dejas hecho un lío- respondí-. No me creo capaz de obrar así, fríamente.

- ¡Sentirás el ardor del mal! Te aseguro que es una sensación inigualable. Los grandes malvados que en el mundo han sido han sentido la maravilla del Mal. Muchos han creído que era conquistar el poder, mas no es así. Su verdadero gozo era la capacidad de saber qué gloria les cubría por sus monstruosos actos. Además, como ya te he dicho, el premio soy yo... de momento.

Esto me lo dijo con una encantadora sonrisa y un brillo en sus ojos que me hipnotizaron.

Accedí. Sí, accedí. Realizaría una acción maligna con tal de poseerla. No sé cuál es la fuerza del Diablo para intervenir en la vida de los hombres, pero sí que sé la que tiene una mujer hermosa.

Así que, ni corto ni perezoso, me dispuse a elaborar un plan que fuese lo suficientemente malo para que satisficiera a mi amada. ¡Mataría a alguien en un paso de peatones! Sería fácil y posiblememte no despertaría sospechas.

Aquella avenida era una de las más transitadas en la ciudad. En uno de sus pasos para peatones controlados por semáforo me coloqué a la espera de mi víctima. Ésta se presentó en forma de un invidente. Le dije que le ayudaría a cruzar y que esperase mis instrucciones. En un momento determinado en que no pasaban coches, le dije que  cruzase porque ya estaba libre para peatones. Pero no era así. Un vehículo negro se acercaba a toda velocidad y calculé con rara precisión que estaría a la altura del ciego en el momento oportuno. Así fue, pero el conductor del coche negro viró bruscamente el volante y se estrelló contra el poste del semáforo. El hombre invidente salvó la vida.

La policía acudió rápidamente y asistió a los dos ocupantes del coche que estaban heridos. Inmediatamente, descubrieron que los viajeros del vehículo accidentado eran "El Gibraltareño" y "El Chocolatero", dos peligrosos delincuentes buscados por la justicia. La prensa del día siguiente resaltó el hecho del apresamiento de los dos bandidos, considerándolos un golpe de buena suerte.

¡Qué desilusión para mí! Algo tan sencillo resultó un fracaso. Había que buscar pero ¿cuál?

Decidí dar un largo paseo hasta mi apartamento. En una céntrica plaza me topé con una monja, no recuerdo de qué Orden, que me pidió un donativo para un centro de asistencia para niños huérfanos. Otra compañera se sentaba detrás de una mesa donde se exponían folletos explicativos de la obra benéfica. Tomé uno de los papeles para hojearlo.

- Por favor, señor ¿nos podría ayudar para los huérfanos? Me dijo una de las monjitas.

- Pues no llevo más que unos céntimos, pero prometo enviarles algo. Denme su dirección, por favor.

- Con mucho gusto, señor.- Respondió una de las religiosas-. Y que Dios le pague su generosidad, sea lo que sea.

Me fui con la para mí feliz pretensión de hacer una jugarreta a las buenas monjas. Esta vez sí que iba a salir bien mi diabólica acción. No podía fallar y me regocijaba pensando en la cara que iban a poner en aquel convento.

En un viejo escritorio heredado de mi padre, con un montón de papeles y documentos, vi un arrugado sobre, que no sabía por qué, se había guardado allí. Una borrosa dirección estaba escrita en el sobre y un sello de correos se adhería en la esquina derecha. Taché la dirección, puse la del convento y rellené el sobre con recortes de periódicos, con el cuidado de que tuviesen el mismo tamaño que los billetes de banco. Aquello resultaba abultado y causaba buena impresión.

Satisfecho por mi supuesto ingenio, me encaminé a la dirección que me habían dado las monjas, y entregué el sobre a la hermana portera, que lo tomé con una sonrisa y unas palabras de gratitud.

Pasaron unos días y, entretanto, me alegraba contando a Lucy mi fea jugada que desconcertaría a las buenas monjas. ¡Qué ojos pondría la Superiora al ver el contenido del sobre! ¡Qué desilusión, qué chasco! Me recreaba hablando de ello con Lucy, y ella me premiaba con su encantadora sonrisa y su  atrayente mirada.

Pero aquella gozosa sensación del deber cumplido con mi adorada Lucy se vino abajo pasados unos días, cuando recibí una carta de la Superiora del centro al que entregué mi supuesto óbolo. Decía: "Querido señor, es usted un bromista y no dudo de que lo hizo para restar importancia a su generosa donación. Realmente nos hemos reído con su chanza.

Usted escondía su altruismo fingiendo unos presuntos billetes, cuando en realidad lo hizo con ese antiguo sello postal referente a la Exposición Universal de París de 1889. Una joya filatélica. Nos ha dicho un experto que lo valora, al menos, en diez mil dólares. Me dice también que en el mercado internacional su valor puede verse muy aumentado.

Que Dios le bendiga y le colme de bienes.

sábado, 20 de noviembre de 2010

POLÍTICA EXTERIOR ESPAÑOLA (FINAL)







Dicen que las comparaciones son odiosas. No lo creo así. Las comparaciones sirven para analizar aciertos y errores y sacar conclusiones.

El caso de la política exterior francesa me parece paradigmático, ejemplo para nuestros políticos y, comparativamente, vergüenza para nosotros.

Francia ha mostrado astucia, finura, decisión e inteligencia. Unos modelos que la han llevado siempre al logro de sus objetivos; yo diría que con champaña y sonrisas. Por algo el idioma francés ha sido la lengua de la diplomacia durante mucho tiempo.

No repasaremos la historia de Francia desde el inicio de la Era Moderna. Fijémonos sólo en lo sucedido desde la II Guerra Mundial. Nuestros vecinos fueron rápidamente invadidos por el ejército alemán y la reacción de la población resultó más bien pasiva. Una parte importante de los franceses simpatizaban con la ideología nazi. El Gobierno de Vichy colaboró en gran medida con el III Reich y lo demuestran los 100000 judíos franceses entregados por la policía gala a la Gestapo. Un amplio sector de la población colaboró descaradamente con el régimen nazi.

Pero he aquí que nació un movimiento de resistencia contra la ocupación alemana y fue obra de los exiliados españoles. Dicho movimiento fue iniciado y mantenido en su mayor parte por aquellos republicanos españoles que, pese al mal trato recibido en Francia, no dudaron en combatir a las fuerzas alemanas.

Algunos franceses, avergonzados por el ejemplo dado por aquellos valientes, se unieron a la Resistencia y, naturalmente, se atribuyeron el mérito de plantarle cara a los nazis. Con posterioridad, los historiadores y medios de comunicación galos hicieron lo posible por ocultar estos hechos y propagar la idea de que la Resistencia en Francia fue obra heroica de los propios franceses. Con esto trataban de justificarse ante sus aliados americanos y británicos.

Acabada la contienda, Francia consiguió una zona de ocupación en Alemania, que indudablemente no merecía. Aun con la oposición de Stalin, Churchill logró que así se hiciese. Ya temía bastante a De Gaulle.

Pero ahora viene lo bueno. Aunque contaba con uno de los partidos comunistas más numerosos de Europa, o precisamente por eso, recibió Francia una enorme ayuda económica de USA encuadrada en el Plan Marshall. En un momento dado, el Gobierno francés exigió que ello se materializase con el valor tangible del oro, de modo que de Fort Knox hubo que sacar una buena cantidad de lingotes del preciado metal con destino a tierras francesas. Si esto no merece aplausos para nuestros vecinos, que alguien me lo diga.

Después, durante la Presidencia del General De Gaulle, su Gobierno ordenó que se desmantelaran las bases militares norteamericanas en Francia. Aquello provocó furiosas protestas de Estados Unidos pero éstos cedieron ante las demandas gálicas.

La República franca siguió recibiendo sustanciosos créditos estadounidenses y se hizo respetar. ¿Hay alguien que lo haga mejor?

Quitémonos el sombrero, o la boina, ante los políticos que hay al otro lado de los Pirineos.

domingo, 7 de noviembre de 2010

POLÍTICA EXTERIOR ESPAÑOLA (IV)




Entramos en el siglo XX. España dejó de ser una potencia colonial. Perdimos mucho del reparto de África en la Conferencia de Berlín de 1878. Otra vez por nuestros incompetentes políticos, pero en esta ocasión acabó siendo ventajoso, librándonos de las guerras coloniales habidas después de 1945. Nos quedó, eso sí, el asunto de Marruecos, que tanta sangre y dinero costó al país.

Un punto a favor: España se ahorró la Primera Guerra Mundial, lo cual derivó en buenos negocios para comerciar con los países en conflicto. Capítulo interesante fue la creación de la Oficina Pro Cautivos. Estupenda y magnífica iniciativa del Rey Alfonso XIII, cuya labor sirvió para localizar cientos de miles de prisioneros de ambos bandos y también salvar miles de vidas. Una obra que duró hasta 1922. Pero fue cosa personal del Monarca y costeada con su pecunio.

Terminada nuestra terrible Guerra Civil, el Gobierno de Franco estuvo a un milímetro de entrar en la Segunda  Guerra Mundial. España se libró, mas su prestigio quedó malparado al finalizar la conflagración por haber "coqueteado" con nazifascistas. Además del envío de la División Azul como contribución a la causa nazi.

Hago ahora un inciso sobre la mencionada Guerra Civil. De todas las torpezas que se pudieron cometer, considero que hay que destacar la entrega a la Unión Soviética de 570 toneladas de oro del Banco de España, que ordenó el Ejecutivo de Juan Negrín.
Curiosa transacción aquella que  efectuó el pago para unas remesas que en su mayor parte no se realizaron por causa de las vicisitudes bélicas. No obstante, pienso que una vez más nuestros políticos hicieron gala de nuestro espíritu quijotesco.

Pasando por alto otras cosas sucedidas en la dictadura de Franco, fijémonos en el lamentable caso de la cesión a Marruecos del territorio del Sahara Occidental. España defraudó a los saharauis con aquella estúpida entrega y quedó en mal lugar con numerosos países árabes que apoyaban la independencia de aquel territorio africano.
Marruecos se regocijó con la debilidad de nuestro Gobierno y posteriormente le "dio las gracias" al Estado español con la larga prohibición de pescar en sus costas, incluidas las saharianas.

En la actualidad sólo somos un satélite de Estados Unidos, con categoría de segunda división.

Para llorar, créanme.

domingo, 17 de octubre de 2010

POLÍTICA EXTERIOR ESPAÑOLA (III)



Decíamos en el capítulo anterior que el siglo XIX fue nefasto para la política exterior española. No vamos a hablar de la independencia de los países americanos porque eso era inevitable, es una constante histórica. Sin embargo, hubiese sido deseable que España y los países independizados hubieran formado un bloque de proyectos comunes que nos habrían convertido en una fuerza de enorme peso en el mundo. Lo que deseaba Simón Bolívar, como ya se dijo.

Como esto es sólo un repaso sobre los hechos acaecidos en los tiempos modernos no vamos a hablar con detalle de todas y cada una de las estupideces de nuestros dirigentes. Por supuesto, de la política interior mejor no hablar. Hubo una firme intención de autodestruirnos, como dijo Von Bismarck, pero no lo conseguimos.

Pero sigamos con lo nuestro. Tal vez en la historia de las naciones europeas no haya algo tan extraordinario, insólito, absurdo, necio y degradante para nuestra autoestima como la conquista de un país para regalárselo a otro. ¿Increíble? Pues eso fue lo que sucedió en 1858 cuando un ejército español con base en Filipinas y comandado por el coronel Palanca inició la conquista de Indochina a petición del gobierno francés que no podía con su escaso número de tropas en el Sudeste asiático emprender la conquista de los territorios que hoy constituye la zona meridional de Vietnam, al Sur de Camboya. Los aguerridos soldados españoles, acostumbrados al terrible clima de los trópicos y al combate en la jungla solucionaron el problema a los franceses. Resultado: el botín de guerra se lo quedó el ejército francés. El territorio regado con sangre española pasó a ser posesión francesa. España no recibió nada, absolutamente nada de aquella gloriosa aventura de la que nuestros políticos no sacaron ventaja alguna con total desprecio de la heroicidad de los soldados españoles. Es tristemente irónico que un siglo después españoles de la Legión Extranjera de Francia defendieran con sus vidas la base de Dien Bien Fu. Como dijo Blasco Ibáñez: "No hay lugar en el mundo donde no haya una tumba española".

Cuando se reflexiona ante tanta torpeza hay que preguntarse si es pura imbecilidad o existe una extraña faceta psicológica que no soy capaz de distinguir. Lástima que el eminente psiquiatra y escritor Juan Antonio Vallejo-Nágera no esté ya entre nosotros porque su aguda pespicacia habría dado alguna explicación a tanto disparate. Me inclino a pensar, por otra parte, que las traiciones de los masones españoles estaban condicionados por sus ideales que, sabiamente dirigidos por los jerarcas británicos los inducían a unas acciones execrables pero que aquéllos creían nobles. Algo así como un fanatismo filosófico. 

Pero, ¿y todo lo demás? Porque no creo que toda la política exterior española estuviese manipulada por la masonería. Buena oportunidad para un trabajo de investigación que está por realizar. A lo mejor sí que hay alguno por ahí que está oculto para la mayoría de la gente.

En el próximo capítulo entraremos en el siglo XX, que también tiene tela para cortar.

domingo, 10 de octubre de 2010

POLÍTICA EXTERIOR ESPAÑOLA (II)



Hablábamos en la entrega anterior de las burradas que configuraron la política exterior española desde Carlos I hasta nuestros días. Esto merecería un extenso ensayo que tuviese rigor científico, pero lo que pretendo ahora es un repaso somero acerca de nuestra Historia más cercana y será suficiente para que los dientes rechinen o nos tiremos de los cabellos si no estamos calvos.

Finales del siglo XVIII. Las gestiones del tipo aquel , de apellido Godoy, puso a España del lado de Napoleón porque empezaba a ser el peso pesado de Europa. Así que vamos a darle una buena soba a Inglaterra, nuestra más fiel enemiga.

Dicho y hecho. La inexperta flota francesa y el más inexperto Almirante Villeneuve comandando a la flota española y a nuestros excelentes marinos, entre ellos Churruca y Gravina.
Resultado: el desastre de Trafalgar.

Segundo episodio. El permiso para que las tropas francesas pudiesen atravesar el territorio español para atacar a Portugal.

Me pregunto cuánto odio acumularon los portugueses contra España desde entonces. La política española de buena vecindad fue una traición. Como fue también una traición que el ejército francés se convirtiese en ocupante en vez de aliado. Y se lió el dos de mayo. Otra vez vuelta atrás con las fichas. Ahora Inglaterra es aliada de España y los soldados de Wellington campan por la Península Ibérica.
Cuando la aventura napoleónica terminó, todos los países que lucharon contra Francia sacaron sustanciosas ventajas para ellos...menos España. ¿Actuaban ya los inefables masones españoles? Probablemente. Después tuvieron buenas oportunidades para apuñalar a España en beneficio de otras naciones.

"Si los masones ingleses se hubiesen portado con su país como los masones hispanos hicieron con el propio, los habría ahorcado a todos", dijo Winston Churchill, quien sabía un rato de Historia.

Seguiremos hablando en la siguiente entrega.